lunes, 13 de octubre de 2008

Venecia


El vuelo de Alitalia, en un algo vetusto McDonell Douglas, largo y estrecho, despegó a su hora, y tras una breve escala en Roma, aterrizamos en el Marco Polo con una puntualidad casi británica. Llegamos en coche hasta el Piazzale Roma, lugar de destino de autobuses, coches y demás en la isla de Venecia. A partir de aquí, ya se sabe,medio acuático. La primera experiencia con los vaporetos es buena: sólo esperamos unos minutos y en tres paradas, estamos a los pies del Puente de Rialto. ¡ Increíble y hermoso!. ¡Y lleno de gente!. Tenemos el hotel a escasos metros, entre Rialto y la Plaza de San Marcos; el Palace Bonvecchiati , un cuatro estrellas funcional y moderno, con embarcadero propio a un canal pequeño y perfectamente situado. Después de instalarnos, nos vamos a la calle: a patear Venecia. El sestieri -barrio-, de la Santa Croce, pasando por Rialto, es menos turístico, pero igualmente fascinante; para comer nos sentamos en un restaurante de campo San Casiano, y después de un parmesano con unos tomates pequeños, que llamamos baby en España, comemos una pasta exquisita con gambas enormes. Suena música de los crooners americanos cantando baladas italianas, Dean Martín y sus colegas Sinatra y demás...a las que el camarero acompaña con buena voz...un ambiente agradable. Después de la comida, por Rialto de nuevo, vamos a ver por primera vez San Marco: increíblemente hermosa la Basílica y la Plaza espectacular -dijo Napoleón que era el salón de Europa y la verdad es que no le faltaba razón-. Con la bruma del mar tiene ahora un poco de irreal, como un hermoso sueño, emergiendo de la laguna veneciana.

La Basílica de San Marcos, a primera hora de la mañana, a la espera de las riadas de turistas, está tranquila y se visita tranquilamente: si impresionante es por fuera, algo pequeña -con referencia a las grandes catedrales españolas -, pero muy hermosa, más lo es por dentro: lujo, lujo y lujo; ¡qué techos de pan de oro y que baldaquino más bonito!. El tesoro está muy bien, pero lo que es increíble es la Pala de Oro, puro pasmo. El altar con los restos del apóstol evangelista contrasta por su sencillez. En el museo de la planta de arriba, L. se enamora de los famosos caballos, que realmente llaman la atención una vez que se piensa en su época del siglo II, y la vista desde arriba es llamativa: la Plaza con el café Florian y sus sillas milimétricas, el mar al fondo, el reloj articulado de los moros...
Sin resistirnos, nos fotografiamos con las palomas, una foto turística pero necesaria. Y subimos al Campanile, con la fortuna que repican las campanas encima de nuestras cabezas, toneladas de hierro bailando y rugiendo. Bordeando el Gran Canal sin cruzar el Rialto, nos marchamos a visitar los restos de Santa Lucia, que se conservan en la Iglesia de San Geremia, con el cuerpo incorrupto de la santa; recorremos este sestieri de Venecia, el Cannaregio, menos turístico, y nos detenemos a comer al lado de una canal grande, casi al borde norte de la Isla: la tratoria se llama De los Tres Arcos, porque está al lado de un puente muy curioso de ladrillos con tres arcos que cruza el canal.

Cruzamos el Gran Canal por el Puente de los Scalzi, y callejear por la Santa Croce hasta Rialto. Tiendas pequeñas, callejuelas y canales, puentecitos, ¡ qué hermosa Venecia!. A cada momento nos asomamos para ver los Palazzos que se reflejan en el agua, y en la Scuola Grande de San Rocco, edificio espectacular, vemos una colección impresionante de pintura de Tintoretto, entre ellos la famosa Crucifixión; y para admirar la pintura de los techos te proveen de unos cristales de aumentos, por lo que las salas ofrecen imagenes curiosas de gente como mirandose en espejos. Un poco más adelante intercambiamos unas palabras con un joven que tiene una mesa de recogida de firmas para pedir al Comune -al alcalde vamos-, un espacio para crear un museo dedicado a Hugo Pratt y su Corto Maltes, tan vinculados a Venecia. Firmé, claro, dejando constancia de mi admiración por el personaje...El Rialto estaba lleno a estas horas, la vista del Gran Canal desde el mismo es hermosa, vaporetos, taxis acuáticos, góndolas...

Nos dejamos caer de nuevo en la Plaza de San Marco, para cumplir un rito que tenía largo tiempo en mente: tomar un capuchino en el Florian, el más bello café del mundo, según los venecianos y reza su publicidad. Es toda una institución, con sus camareros uniformados y tan profesionales, su delicia de orquesta, sus techos pintados...un café de otra época, aunque con los precios más actuales y caros de Europa. Pero merece la pena ver transcurrir el tiempo tras sus cristales, o sentado en su terraza. Una parada en el hotel para descansar y preparar la cena, con cita en el Londra Palace, el restaurante del hotel homónimo, a las ocho y media. Los italianos cenan pronto, al menos los venecianos: raro para ser también mediterráneos, aunque Centro Europa está ahí al lado, a tiro de piedra. Una cena deliciosa, con unos antipasti típicamente venecianos y una pasta increíble, con pato y sepias de la laguna. Y un paseo romántico hasta el Harry´s Bar, otra institución en Venecia, para tomar un negroni, abarrotado de turistas. La ciudad por la noche, con el acqua alta, queda practicamente vacía, pues las riadas de turistas suelen dormir fuera, en el continente, y es un lujo pasear de noche por estas calles y puentes, algo irreal, pues por mucho que se lea o vea en películas o televisión, Venecia es tan distinta y especial, que hasta que no se pisan sus calles no puedes hacerte una idea precisa de esta ciudad. Y además, una ciudad muy segura, pese al turismo de masas que por horas la invaden. Y los venecianos viven resignados a compartir su maravilla siquiera unas horas, sabiendo que la eternidad los acompaña...acariciando los gatos inmortales que deambulan ronroneando por las esquinas.

El Palacio Ducal, con su fachada de mármol blanco y rosa, con el reflejo de la laguna, es el otro gran edificio que conforma la Plaza de San Marcos, junto con la Basílica y el edificio de las Procuradurías. Si el exterior es impactante, el interior es sorprendente: un patio grandioso, unas escaleras llamadas de los Gigantes por las que se accede al piso de arriba, a través de la famosa escalera de oro, y luego salas y salas a cual más lujosa, hasta la Sala del Gran Consejo: un espacio de casi cincuenta metros sin columnas y con los techos y las paredes pintadas por Tintoretto, que es espectacular. Debe ser una de las salas civiles más grande de Europa. Aquí está el famoso Paraíso. Y tienen una armería muy completa, reflejo del pasado militar -y de pillaje claro- de la ciudad. Y las Prisiones, que situadas en un lateral del Palacio, conectadas por el Puente de los Suspiros, que se atraviesa para luego descender hasta los calabozos: impresionan, de lúgubres, pequeños, húmedos...tremendo cautiverio. Parece mentira que Casanova consiguiera escaparse de aquí. Tras la visita, que es exhaustiva del Palacio Ducal, nos encaminamos al Dorsoduro, el barrio sur de la isla, al que llegamos tras atravesar el Puente de la Academia, de madera, completando así los tres puentes que cruzan el Gran Canal. Recorremos el barrio hasta la Iglesia de Santa María de la Salute y la Academia, otras dos maravillas venecianas.

De regreso tras la comida, en una tratoria muy veneciana llamada la Dona Onesta, volvemos por Rialto, en caminata que nos encamina hasta conocer la Fenice, el gran teatro veneciano, ahora restaurado tras su incendio, y nos aprestamos para cumplir con otro rito en la ciudad: el paseo en góndola. Antes nos sentamos a descansar en campo San Stefano, en la heladería Paolin, con los que dicen los mejores helados de la ciudad, y eso en Italia es decir mucho. La góndola, tras negociación con el gondolero, nos descubre pequeños canales; es muy hablador, chapurreando el español nos indica la casa de Marco Polo y de Casanova, en unas calles sólo accesibles con barco. Y nos desemboca en el Gran Canal, al lado de Rialto. El movimiento en el canal impresiona: barcos, vaporetos, taxis, más góndolas... el paseo permite descubrir la ciudad desde otra perspectiva.
El barrio del Arsenal , es quizá el que conserve todavía el sabor más autentico y verdadero de Venecia, más ajeno al turismo que a ratos invade la ciudad. Calles más estrechas, canales aun más retorcidos, puentes por doquier...pero nuestra última imagen es la de una Plaza de San Marcos en la que por primera vez vemos salir el agua por los sumideros, pues parece que la marea nos despide más alta de lo normal. Están puestas la famosas pasarelas y es llamativo ver el agua a borbotones; con el acqua alta y la noche, la ciudad parece otra, más cautivadora y enigmática. Y siendo única, la noche la hace aún más especial, con algo de irreal que atrae, durmiendo mecida por las olas de los canales y la laguna véneta.

sábado, 11 de octubre de 2008

Budapest




Estamos tomando café despues de un laberintico paseo por la T4 de Barajas, en busca de la puerta de embarque de nuestro vuelo a Budapest. Madrid nos ha recibido con frio y en la llanura manchega, el invierno se hace notar. El vuelo tiene la salida prevista para las ocho y media, lineas aéreas húngaras Malev, y ahora nos rodean en la cafetería rostros eslavos y lenguas centroeuropeas -deben partir por aquí todos los vuelos de los países del Este Europeo,¡con los inevitables argentinos, sin duda descendientes de judíos exiliados, tan maltratados por el siglo pasado en aquellos lares ¡


Llegamos a Budapest lloviznando. El aeropuerto me recuerda al de Praga, pequeño y manejable. Hay una enorme cola en las Oficinas de cambio de moneda, y por lo que leo en los carteles electrónicos, el cambio es aquí más favorable que en España. La cola es babélica: parlas inglesas, francesas, alguna española con acento sudamericano, italianas, japonesas, en fin de todo.
La ciudad nos recibe como es en esta época, un poco gris, húmeda, triste...pero elegante y majestuosa. El primer contacto sorprende y deja un poco descolocado: es inmensa y el rodeo hasta el hotel, largo y con un tráfico infame. Pasamos al lado del hermoso edificio del Museo de Artes Aplicadas, con sus azulejos brillando en la humedad; es muy bonito, con su aspecto modernista y un poco lánguido...
Para comer, vamos al restaurante Fatal . Esta situado en una planta semisotano, en un callejón perpendicular a la Vaci utca. Es muy pintoresco, con paredes de madera y bancos corridos, con llamativas vidrieras de colores. Nos atiende un húngaro de inmensa barriga y mostachos igualmente sobresalientes, como de coronel de húsares- se nota la procedencia de esos magníficos y fanfarrones guerreros de estas estepas-, que con parsimonia pero eficacia se encarga de las mesas. Y el Fatal no nos defrauda: tomamos goulash y un plato de carne variada, inmenso, servido en plato de madera - fatal es precisamente eso, plato de madera-, para acabar las crepes con chocolate que son casi una religión en Budapest -crèpes a la Gundel, en honor al famoso hostelero y cocinero-.Y el precio muy bien.
Un paseo nos descubre la tranquilidad de la ciudad, cómoda y fácil de andar. Un poco gris, pues parece que las calefaciones de carbón y el tráfico hicieron mella en las fachadas, sin que el dinero para las rehabilitaciones exista salvo en algunos monumentos y edificios públicos. Es llamativa la convivencia de los humildes tranvías amarillos y los trolebuses eléctricos con automóviles muy modernos y caros...y el olor a carbón que tanto sorprende...
Y el Danubio, arteria de Europa, que aquí es majestuoso e impactante, con un caudal importante; las barcazas y los barcos turísticos lo remontan con esfuerzo; una maravilla de río, y una vista magnifica con el Palacio Real, el Monte Gellert y la ciudad de Buda, con la aguja de la Iglesia de Matias. Una vista para soñar con ella, descansando el cuerpo y el espíritu. Budapest, perla del Danubio.
Antes de una visita por la Plaza de los Heroes, nos acercamos al Mercado Central, curioso, al final de Vaci Utca: puedes encontrar de todo, comida, ropa, recuerdos...el edificio modernista, de hierro y azulejos, es hermoso, y el ambiente interior autentico, pues además de los escasos turistas, se nota que es el mercado de compras diarias de los paisanos de esta parte de la ciudad. Y nos hemos colado en el Palacio Gresham, con un interior maravilloso modernista y la famosa lampara de su vestibulo; hoy es un hotel de lujo de la cadena Four Seasons, pero fue edificado por una compañia londinense de seguros y durante la invasión sovietica y la dictadura fue casa particular. Imagino la restauración costosa y la tristeza de los inquilinos al ser desalojados de tan maravilloso hogar.
En bus hemos llegado a La Plaza de los Héroes, extraordinaria explanada donde se festejó el milenario de la nación hungara en 1896 -en el 896 la tribu magiar consiguió unir a todos los nómadas de estas estepas y establecerse en la ribera del Danubio-; en conmemoración de la efeméride, se edificó la plaza y alguno de los edificios. Es curiosa la cruz que porta el árcangel San Gabriel, doble cruz apostólica, que indica que son católicos, los últimos antes de las llanuras ortodoxas, rusas y griegas. Aqui al lado está el famoso Gundel, uno de los restaurantes más afamados de toda Centro Europa. Y los baños Széchenyi, con aguas a más de 70º C, en los que la gente se baña al aire libre y juega al ajedrez en postal famosa; son muy populares entre los húngaros, más incluso que los baños Gellert y su imagen de cuerpos Danone. Todo el entorno de la Plaza de los Heroes es de gran magnificencia, y queda claro el sentimiento nacional tan resaltado por estatuas, edificios, parques...De nuevo en el bus, pasamos por la zona de las Embajadas, donde está la única mezquita de Budapest, una pequeña garita en la embajada de Libia, el museo de Geologia, tambien modernista y lleno de azulejos, el campo de futbol dedicado a Puskas, un inmenso Museo de los Transportes, dónde hay incluso una nave espacial soviética...El autobus cruza el Danubio por el Puente de Margarita y nos deja en el mirador del Monte Gellert; las mejores vistas de la ciudad se tienen desde aquí: en la bruma del gran río aparecen a la izquierda el Palacio Real y Buda, y a la derecha la mole del Parlamento y la llanura de Pest, con la isla Margaria enfrente. ¡Y los puentes, todos distintos y todos magníficos¡. A mi me gusta especialmente el de Francisco José o de la Libertad, ahora en rehabilitación, con un aire "eiffeliano", aunque el más famoso sea el de Las Cadenas.
Hoy decidimos comer en el corazón del Barrio Judio, un poco a la aventura, a la espera de que en la Ópera empiecen las visitas en castellano. Pasamos al lado de la sinagoga de la Calle Dohany, y sus espaldas nos adentramos en el barrio Judio. La sinagoga es la mayor de Europa -más de tres mil fieles pueden orar en ella - y la segunda del mundo tras la de Nueva York. Observamos el curioso árbol de la vida, una escultura en plata de un sauce llorón, que es tambien una Menorah invertida, en la que cada hoja figura el nombre de una familia de judios deportados en el Holocausto y el nombre de los "justos" que los ayudaron, entre ellos el cónsul español en áquella época. En un lugar de oración y recogimiento.
A diferencia de Praga, donde el Judio es uno de los barrios más ricos y elegantes, éste de Budapest es uno de los más tristes, pobres y grises de la ciudad. Las calles estan muy descuidadas y los bloques de vecinos, de escasa altura, denotan pobreza y falta de medios. Es un barrio triste, como detenido en el tiempo,y aunque habitan ahora muy pocos judios en Budapest, parece que el barrio no quisiera recuperarse, como testimonio de un tiempo pasado que no volverá. Conserva un cierto aire de ciudad pequeña, sin el bullicio ni el tráfico de otras partes de la ciudad, un remanso de tranquilidad rodeado por la Avenida Adrassy y por la calle Rakotci. Y aqui hemos comido en un pequeño local, con cinco o seis mesas, con hules de plastico en desuso en España, vasos de cristal esmerilado, con un sifón de agua con gas y sin más carta que unos papeles en húngaro absolutamente incomprensibles. Los parroquianos nos miran extrañados, no debe ser un lugar frecuentado por turistas. Nos atiende solicita un mujer morena, y el dueño controla las mesas al lado de una ventana con una caja registradora de principios de siglo-del pasado, claro-; un húngaro enorme, con un gorrito que no es la tipica kipa judia pero se parece. LLeva en bandolera una cartera de cuero para el dinero, y al terminar de comer, es él quien se encarga de cobrar antes de salir. Al fondo un arco con una cortinilla de plastico o hilo, separa el pequeño comedor de la cocina, de la que llegan olores sabrosos. Por señas pedimos una sopa de verduras y el plato del día, que resulta ser una base de judias con un muslo de pato al horno. Y la verdad es que comemos bien, y descubrimos lo curioso del agua en los restaurantes: sólo en los de lujo hay agua sin gas, porque para los húngaros el agua es siempre carbonatada, con más o menos gas; no en vano todo el subsuelo está lleno de aguas termales, y ademas del baño se consume, obviamente. Y de ahí los sifones en cada mesa, de los que consumes todo lo que quieras. En fin, toda una experiencia gastronomica en el barrio Judio de Budapest: este Kadar Etkezde es uno de los "restaurantes" más curiosos en los que hemos comido.
Despues, una visita a la Ópera, con posibilidad de hacerla en castellano, -¡y con los zapatos envueltos en bolsitas de plastico, dicen que para no estropear las alfombras y el suelo del lugar!. Los húngaros están muy orgullosos de ella, según ellos mejor que la de Viena, la que fuera capital del Imperio, pero la verdad es que decepciona un poco, y creo que tampoco resiste la comparación con el Teatro Nacional de Praga. Nos acercamos tambien a la catedral de San Esteban, que por fuera en inmensa, neoclasica, pero por dentro es muy oscura y triste, sin demasiadas riquezas como acostumbramos a ver en catedrales europeas. Su cúpula compite con la del Parlamento, y no hay otra edificación más alta por prohibición expresa, que estas dos representaciones en piedra de la identidad nacional húngara. Despues de las dos visitas y de un paseo a buen ritmo de vuelta por la orilla del Danubio, cumplimos con otro rito en Budapest: ir a merendar a la Gerbaud, un clásico de la reposteria centroeuropea y la mejor pastelería de Budapest. El local es precioso, del siglo XIX, con una salón en tonos verdes, enteladas parte de las paredes y con las mesitas y veladores de hierro y mármol, como de otra época. Y el mostrador, repleto de dulces y maravillas, de laton antiguo. Las dependientes y las chicas que atienden las mesas llevan trajes tipicos húngaros, llenos de encajes y bordados, y simpáticas y eficientes se mueven con soltura. Conseguimos mesa en una salita pequeña, en donde la gente degusta los pasteles con tranquilidad, viendo pasar el tiempo tras los ventanales. Por supuesto que todos se retratan en la pasteleria, y los flaxes relumbran por momentos, pero a pesar de ello, el ambiente es muy tranquilo y parsimonioso. Probamos las dos especialidades:el dobostorta -pastel con capas de chocolate, caramelo y bizcocho, invención del propio Gerbaud en el siglo XIX- y un pastel Gerbaud -pastel de chocolate con chocolate fundido caliente-. Disfrutamos de una agradable merienda, pues el local te hace sentir especial, por lo de mito y referencia que tiene, pero claro, es de los pocos cuyo precio son más que occidentales.

Luego, sin proponerlo, nos tropezamos con el embarcadero de dónde parten algunos de los barcos turisticos, incluso ahora en invierno, que recorren el rio por la noche. Y sin pensarlo dos veces, nos embarcamos en el Leyendas del Danubio, una barcaza con los techos de cristal y traducción simultanea, que surca el rio hasta la isla Margarita, en un trayecto que permite ver la ciudad desde una perspectiva única y muy especial, pues es una ciudad extraordinariamente iluminada:monumentos, puentes, calles, edificios se descubren ahora con otros ojos. Y todo ello acompañado de música clásica -el Danubio Azul claro- y una copa de Tokaj, el vino blanco tan famoso...en un ámbiente de relajación y parsimonia que se agradece.
Tras otra noche durmiendo a pierna suelta, hoy nos vamos a ir a Buda, la parte antigua, visitando el Palacion Real y despues disfrutaremos de la experiencia única del balneario húngaro: el Gellert y su famosa piscina de columnas. Del Puente de las Cadenas, llegamos a la plaza de Clark Adams, a los pies de Palacio Real. Aquí está el funicular -silko-, el segundo más antiguo de Europa, despues del de Lyon; somos los primeros y únicos en su primer viaje del día, ascendiendo hasta la puerta del Palacio y de la ciudad antigua. El funicular es muy elegante, de madera y metal, y recorre en apenas dos minutos el desnivel desde el rio hasta la colina. De otra manera, la caminata para subir es cansada.

El Palacio Real es una sucesión de patios, estatuas, fuentes y edificios, hoy museos nacionales, y su mole impresiona; las vistas son magnificas -curiosamente estan gravando un anuncio del nuevo coche de Fiat, el 500, que luego veremos en toda Europa, supongo-; en el interior de los patios destaca la Fuente de Matias, la más famosa de Budapest, un conjunto arquitectonico con escena cinegética, representando al famoso rey. Y tambien existe una estatua de un soldado húngaro domando un caballo, en honor y homenaje a sus antepasados, guerreros bravos y valientes, de mostachos puntiagudos y dolman y botas de montar a la húngara, que tanto inspiraron a los ejercitos europeos del siglo XIX. Llama la antención que tan basto edificio apenas fuera utilizado por los emperadores del Imperio austro-hungaro, que preferian quedarse en Viena o Praga, antes de venir por estos lares.

Saliendo por la parte de atras del Palacio, que comunica el mismo con las calles Tarnok utca y Uri utca, se adentra el visitante en la ciudad antigua de Buda, desembocando en la Iglesia de Matias y el Bastion de los Pescadores, junto a la columna de la Trinidad -o de la peste-, tan comun en las ciudades centroeuropeas. Esta parte, casi peatonal excepto vehiculos autorizados, es los más bonito de Budapest: un pequeño encanto medieval, muy bien conservado, con todo el sabor, romanticismo y elegancia que cabe esperar; casitas bajas, con techos curiosos en curva para evitar el peso de la nieve, de colores, con patios interiores en los que se suceden los restaurantes, tiendas de antigüedades, recuerdos, alguna farmacia decimonónica...palacios elegantes, y la Iglesia de Matias, pequeña joya de azulejos coloristas...y el Bastión de los Pescadores, con sus aires romanticos y sus inmejorables vistas sobre el rio y Pest...El lugar es para abandonarse al paseo lánguido y tranquilo, sin prisas, recorriendo las pequeñas plazas y las callejuelas -y en una de ellas la estatua ecuestre en la que los estudiantes cumplen el rito para aprobar sus asignaturas y al que no me resisto, encaramandome para asir las partes nobles de la bestia, desgastadas por años de "caricias"-. Y para descansar nada mejor que calentarse tomando café en la Ruszwurth, pasteleria famosa de Buda, un remanso de paz donde la emperatriz Sissi encargaba sus pasteles; es minuscula, con un saloncito de té de cuatro escasas mesas y un sofá -tresillo antiguo entelado- presidido por una estufa de hierro antiguo y retratos en las paredes; una delicia viendo deambular a la gente tras los cristales.

Tardamos casi media hora en llegar hasta la falda del Monte Gellert, depues de bajar de Buda y el Palacio Real andando hasta el rio, y caminar por la orilla del Danubio siguiendo la linea del 19, el travía que recorre esta ribera del rio, pasando por los Puentes de Isabel y de la Libertad. El monte Gellert, poblado de árboles, es un manantial de aguas termales inmenso: aquí los turcos construyeron ya unos famosos baños, que ahora están rehabilitando, y a sus pies se construyó uno de los balnearios más famosos del mundo: El Gellert. El edificio es muy bonito, estilo Secesión, que es como el art decó de esta parte de Europa, con profusión de maderas y metales. Ahora es un hotel de cierto lujo con encanto decadente, con el balneario adosado a él. La entrada al Balneario se hace a través de la puerta lateral del Hotel, y comprando el ticket -con o sin derecho a taquilla-, accedes al mismo por una sala muy amplia de la que parten las distintas galerias; está decorada con columnas de marmol verde y estatuas de Diosas; y el sistema está bien, pues si a la salida no se consume todo el tiempo, unas maquinitas tipo cajero devuelven la diferencia. Despues de un par de intentos, pues curiosamente nada está indicado más que en húngaro, conseguimos ver la famosa piscina a través de un cristal, y preguntando a un conserje que descansa parsimoniosamente en una silla, nos indica el camino; rápidamente nos llega el calor del agua termal, ¡pasamos debajo de la piscina para acceder al otro lado, a las taquillas!. Nos recibe una señora en uniforme de enfermera, con una tiza en la mano; en un ingles macarrónico nos conduce a un vestidor taquilla privado, previo pago de 300 florintos, que supongo será el sobresueldo de esta buena mujer, pues con total maestría se los mete en sus bolsillos; es el vivo retrato arquetipico de las enfermeras soviéticas en peliculas serie B, cuasi masculina, morena, con voz estridente y automatica, que conduce a los turistas hasta sus vestidores. Nos metemos en el que nos asigna, previa marca con la tiza en una pizarrita de la puerta. En fin, por lo menos está todo limpio, aunque alejado de lo que se acostumbra en el Occidente europeo. Tras ponernos los bañadores -sólo en los baños turcos se usan una especie de "taparrabos", o en días alternos se usan por mujeres y hombres desnudos-, salimos a la famosa piscina tan retratada. Al natural es más pequeña que en las fotos, pero igual de elegante. ¡ Y el agua fría!. Tremenda sorpresa, pues la pileta de baño es de agua normal, la termal está en unas bañeras laterales donde reposan los bañistas adormecidos. Todos inmortalizan el baño, pese a la prohibición de no hacer fotos. El baño, despues de la primera impresión, es muy relajante y agradable, pasando por las piletas de agua fría y caliente alternativamente.
Los alrededores del Parlamento son muy elegantes, con edificios rehabilitados, sedes de los bancos del país, la embajada de los Estados Unidos y la Británica, y curiosamente, la única plaza que conserva un monumento dedicado al invasor soviético: una estrella roja, del ejercito, en un pedestal, y alrededor multitud de carteles solicitando su demolición, aunque en realidad conmemora la liberación soviética de Budapest en la 2ª Guerra Mundial. El Parlamento es inmenso, como una montaña en la ribera del río. Un edificio inspirado en el de Londres, y por la noche, con cierto aire espectral y misterioso. Se oyen los pasos de los guardias que lo vigilan, y todo él está rodeado de estatuas y monumentos en honor a los héroes nacionales que se enfrentaron a los soviéticos en el 56. No es extraño que la imagen del Parlamento sea uno de los reclamos turisticos más recurrentes de la ciudad. Y ahora, en la noche invernal, y a la luz de una iluminación fantástica, es una imagen imborrable y para conservar. Lo circundamos despacio, y curiosamente, a sus pies parece uno sentir la solemnidad y el peso de su significado, incluso el tono de voz disminuye; no habia tenido esa sensación más que en las grandes catedrales y sinagogas, y creo que es el primer edificio no religioso que me produce esa sensación. Mérito del arquitecto y de los húngaros, por lo bien conservado que está. Una sana envidia encontrar paises en los que el sentimiento nacional bien entendido se respira en las piedras de sus edificios, en los los pasos silenciosos de sus guardias, en las velas encendidas y en las flores ante una estatua...en una noche lluviosa en Budapest...

Dejamos atrás el Parlamento, y tras un ligero descanso, nos encaminamos a cenar. Ayer tuvimos la precaución de solicitar del hotel una reserva para cenar en el Karpatia, uno de los templos de la gastronomía húngara, junto con el Gundel. Y qué decir del restaurante, ¡hay que verlo!. Maderas policromadas, emplomados, cristales, todo un espectaculo. Es una casa con multitud de salones, con suelos de madera y cortinas pesadas de terciopelo, en tonos verdes y encarnados. Al fondo una orquesta cíngara se aplica en música folclórica, entre vítores y aplausos de los clientes. Nos decidimos por unas crèpes rellenas de foie y queso, pato y una receta tradicional húngara, pollo a la páprika- una especie de pimiento picante molido, que usan abundantemente como condimento-, con nata agria. Excelente, acompañado con el Tokaj blanco húngaro; y agua por fin sin gas, un lujo de Evian diseñado por Dior. La cena es de lo más agradable, pue la música cíngara nos acompaña, y el violistica es casi virtuoso. El servicio es impecable, y el chef supervisa discretamente sus creaciones: es muy famoso en Hungría, pues ha revolucionado el panorama gastronómico del país.

En nuestro último día en la ciudad, vamos a dedicar la mañana a pasear tranquilamente por la parte de Obuda, o antigua Buda; cruzando el Puente de las Cadenas hasta los pies del Palacio Real, por Fö utca, vamos recorriendo este barrio de la ciudad, que se encuentra a los pies de la ciudad medieval. Existen aquí los baños turcos más antiguos de la ciudad; un preciosa iglesia, que es la única luterana de la ciudad, en ladrillo, con una esbelta torre octogonal en la orilla del Danubio, y algunas de las escasas casas medievales del barrio, rehabilitadas en vivos colores, ahora tiendas de antigüedades y un famoso restaurante del Art´Hotel, el Chelsea. Desde esta orilla se tiene una de las vistas más directas del Parlamento, y el paseo continua hasta la Plaza Batthany ter, y más allá hasta el Puente de Margarita, que une las dos partes de la ciudad y la famosa isla. Esta isla, inmenso pulmón de Budapest, está tambien llena de baños termales y todo ella es un gran parque del que disfrutan en su tiempo libre los habitantes de la ciudad, aunque ahora está un poco gris y triste, pues el invierno deja los árboles desnudos; tambien existe allí un convento en el que se refugió la hija del rey Bela IV, en cuyo honor tiene ahora la isla su nombre. La visión de la isla Margarita, entre la bruma del rio, es llamativa...
Nuestras últimas horas las dedicamos al Mercado Central, para los inevitables recuerdos: páprika y el estupendo foie de oca húngaro, con algun vino y licor; en el mercado se respira un aire de cotidaneidad, pues hoy los turistas son más bien escasos, y podemos deambular entre húngaros que hacen su compra habitual; en una tienda nos hacemos con unas acuarelas con vistas de la ciudad, que con el tiempo nos ayudaran a recordar la ciudad a la orilla del Mediterráneo.