lunes, 25 de enero de 2010

Uno de los nuestros.

Siempre en el mismo sitio y en la misma adicción. Y sonriendo la molicie y el lúpulo.

Como en cada uno de los bares de todas nuestras esquinas.

Porque en todos rumia la vida y aguanta la crisis, que para él es perpetua y piel. En mi bar de todas nuestras esquinas se hace llamar El Traca, apodo un tanto burlón, pues viéndole debiera ser pretérito o ex, como tantas cosas en su vida. Supongo.

Pasada la cuarentena, con el sol, la mar y la sal marcados en el rostro y en la mirada. La eterna colilla de Camel en los labios, y el botellín del tercio de cerveza en la barra. La voz cavernosa del coñac, el cigarro y la noche, que truena haciéndose oír en todas las conversaciones y en todas las bromas que revolotean por el local. La risa franca, algo estúpida y fácil, y la boca desdentada que escupe blasfemias y piropos.

La chaqueta verde oliva, y los vaqueros gastados impuestos por el uso y no la moda. El pelo cada mes de un color, cuando el agua oxigenada pierde efecto y el barbero exige pago. El aro de la oreja o quizá el crucifijo de la madre, y los brazos escuálidos y venosos, mitad cuartel y mitad cárcel, en los que asombran los tatuajes burdos y sentidos.


Pronto siempre a la anécdota del Tercio o del maco, de la obra o del temporal, al recuerdo de una fulana y aún de la madre que los sacó adelante, antes de perderse en el camino. Excaballero legionario, exconvicto a ratos, pescador y jornalero cuando el hambre aprieta, toxicómano plural siempre que le dejan.


Superviviente. De la reyerta, del caballo, de la locura, ajado por la lucha y el malvivir.


Y ahora, aún, aguantando estoico, entre bruma de cigarro, alcohol y demás, mientras pasa el siglo y el país...sonriendo a proclamas y eslóganes, estado de bienestar y cumbres internacionales, que ni comprende ni espera, mendigando copa o cigarro, únicos remedios que calman su ansia y alegran su dormir.
El Traca...quizá uno de los nuestros, mal que nos pese.
Esta entrada ha sido publicada tambien, ligeramente retocada en La pipa es el tiesto de las flores del humo, blog fumador y poético con el que a ratos colaboro.

martes, 19 de enero de 2010

...Churriquichicá...

A mi lado dos cuquilleros comentan lances y cacería, mientras saborean el café y el Ducados mañanero en el bar de todas nuestras esquinas. Para los no iniciados, cuquillero es, en terminología cinegética, el cazador de perdiz con reclamo macho, modalidad de caza tradicional y muy difundida en el levante y centro español, donde la perdiz roja es la reina del monte y la jara, que enseñorea el campo con su reclamo bravo y característico.
Y sonrío.
Porque provengo de una familia de cazadores, cuquilleros de abolengo y pasión. Yo no heredé la vena cinegética, pero mi padre fue cazador más de puesto y tanto que otra cosa, y mi hermano, cuando llega el celo de la patirroja, abandona quehaceres profesionales y domésticos, lanzándose al monte tras las perdices, cargado de reclamos y pertrechos. Un antepasado nuestro se ganó el jornal de furtivo en los campos, y supongo que de ahí la vena y el gen, en mí dormido como digo.
Su conversación me trae recuerdos de mañanas de invierno, de cafés y carajillos tempraneros, de escarcha, tomillo y pólvora, cuando acompañaba a mi padre a cazar; a horas de espera oyendo cantar al macho perdiz, aburrido, mientras él disfrutaba del rito atávico de la lucha y el territorio, del celo y de la especie, que en eso consiste el reclamo.
Y la sonrisa se acentúa cuando, una vez más, compruebo que, como todos los cazadores, mis compañeros de barra se deleitan tanto más en contarlo como en el lance.
Porque el hombre es sobre todo un animal cazador que no caza, o lo hace reglamentado y encorsetado, pero que aún sueña con la sangre, la víscera y la naturaleza, atrapado en hipotecas, horarios e Internet. Soñando con la libertad y el horizonte... Creo.

jueves, 14 de enero de 2010

...me llamo Jack y hago Westerns.

Vino a verme mi amigo del psiquiátrico, al que dejaron salir en visita navideña y regreso escaso a casa. El retorno definitivo no es tal por su propia iniciativa, pues sigue refugiado en el centro, más por querencia y voluntad que por necesitad y diagnóstico; en su opinión, y gracias al buen talante y mejor disposición de sus cuidadores, es mejor capear el temporal de crisis e incertidumbre contemplando el mundo y el país tras los ventanales de la institución. Además, desde que le acompaña el perrillo, pequeño can tricolor y testarudo, al que cuida, ama y enseña, aquello es casa y hogar. Creo.
Vino a verme, digo, en visita amigable, nocherniega y fraternal. Alejados ambos de cumplidos y compromisos, por años, vivencias y convencimientos, siempre la agradezco estos detalles, pues sé que al vernos, compartiendo charla y pipa, renovamos el calor, ahondamos el espíritu, abandonamos inexistentes reticencias de tiempo y espacio, y, en fin, cultivamos eso que llaman amistad.

Que aunque escasa y difícil, hayla.

Mientras saboreamos unos licores y fumamos algunas pipas llenas de virginia y latakia, disintiendo aún en el tipo de tabaco que exhalamos y con el que adornamos el cielo mediterráneo, pues con cariño observo que todavía prefiere sus queridos virginias, quizá recuerdo inconsciente de sus muchos años de cigarrillos y estrados, mientras que yo ando en el lado oscuro de la planta de shek-el-bind, mi amigo me alarga envuelto malamente, como acostumbra, mi regalo navideño. Mentiría si dijera que no lo esperaba, pues, conociéndome como ya lo hace, espero con delectación creciente su elección, hasta ahora plena de tino y propiedad.

Y efectivamente, con un acierto inexplicable, mágico y fácil, mi amigo del psiquiátrico me regala estas Pascuas tres de mis pasiones, que renuevan y apuntalan cada día, siquiera mínimamente, la difícil tarea de la vida.

Literatura, cine, tabaco.

Pues todo esto me regala mi amigo, envuelto malamente.

Literatura, cine, tabaco. Bajo el sugestivo título de “Tras la pista de John Ford,” la biografía extensa, profunda y audaz que Joseph McBride dedica al mejor director de cine de la historia, y evidentemente, fumador de pipa.

Pleno acierto, mon chéri. Y que contiene una de las dedicatorias más hermosas y poéticas que recuerdo, plena de matices, ternura y amor, que ya me hubiera gustado escribir a mí, más o menos: " A X. que me animó a escribir esto y me aportó los consejos....a pesar que sigue sin gustarle El Hombre Tranquilo". Genial.

Thank you.