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Mostrando entradas de febrero, 2011

El dolor

Tras las últimas noticias, en forma epistolar y sorpresiva, que tuve de Don Nicasio Pelades, y de las que ya dí noticias y recado, su recuerdo viene insistente a mi cabeza, como reclamándome la recuperación de su memoria, olvidada en el trajín de los años y las ocupaciones.
Ayer, en respuesta rápida y calurosa, recibí carta de don Ramón Perigüello, que fuera Director médico del Hospital Psiquiátrico de Alicante. Me contesta muy por extenso a mis inquisiciones sobre el tiempo en que estuvo bajo su tutela y cuidado, y pasa por encima, lo que le agradezco, sobre la manera en que lo localicé, que no viene tampoco al caso de ajena y quizá ilegal.
Me dice que de todos los años al servicio de la Administración –largos deben ser, pues barrunto que Don Ramón será centenario o casi – y en la práctica de su profesión –fue en tiempos reputado psiquiatra – nunca tuvo en sus manos una historia como la Don Nicasio. Se acuerda, pese a sus años, del caso y del hombre.
Me cita amablemente, cuando mi agend…

Carta de amor muerto

Esta tarde, limpiando el trastero de casa antes de la venta, encontré entre un ejemplar algo viejo de La metamorfosis, edición bilingüe checo español, que no recordaba, una carta, que me trae recuerdo de don Nicasio Pelades, a quién creí perdido en la oscuridad del tiempo y la memoria. Hace tiempo que borré todo conocimiento de él, pese a que frecuenté su trato y amistad durante muchos años; incluso fue una de mis primeras peripecias laborales al concluir los estudios, más por empeño suyo que por conocimiento y destreza míos, en aquellos momentos mínimos y escasos. El resultado es de todos sabido. Si no, baste ahora consignar que aún el garrote estaba en vigor, y don Nicasio -siempre lo traté de usted, no sé por qué- estaba resignado a lucirlo. El mérito de la absolución fue, obviamente, sólo suyo. Siempre fue gran vendedor de humo.

La carta no tiene fecha, y me hizo pensar. Lástima que destruyera los expedientes de mi antigua profesión, pues no sé si es ante o post.
Hela aquí.


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Esperanza, quizá

Hoy, en la puerta del trabajo, donde los humildes currantes nos reunimos al frío y a la nicotina, merced al progreso y la estulticia, o quizá para aguantar al Jefe y al Estatuto de los Trabajadores, la sorpresa fue mayúscula.
Por desacostumbrada y entrañable.
En mi ciudad, pequeño pueblo mediterráneo, las gentes, en cuanto el mínimo rayo del astro rey ilumina las calles, siguiendo costumbre ancestral, salen a la puerta, al sol y al vecino, viendo pasar la vida, haciendo comunidad, despellejando al viandante, trasmitiendo saberes, aguantando; mientras dentro los pucheros y los olores anticipan la comida o la cena, y las mujeres –lo siento, pero siguen siendo ellas casi siempre, madres, abuelas, tías- faenan la casa y apañan el quehacer diario y doméstico.
El viejo arrastra la mecedora de enea, en zapatillas. Saluda ufano, y se sienta cara al sol que calienta y apetece. La gorra –con la leyenda JohnDeere en verde gastado-, los surcos de la cara y las manos ajadas denotan el campo, o el m…