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Mostrando entradas de abril, 2012

Retrato y 1

Fui a casa de Pedro. Teníamos acordado vernos para resolver la liquidación de la sociedad. Pensé que sería mejor tratar el asunto en su casa, alejados de la oficina y de las habladurías de los empleados. Me recibió una señora mayor. Era algo encorvada y con una delgadez que se me antojó enfermiza. Pensé que tenía demasiada edad yningún físico para trabajar de doncella, pero con una sonrisa desbarató el equívoco. –Hola, buenas tardes. Soy Adela, la abuela de Pedro. Pasa, por favor. Vendrá enseguida. Tú debes de serEnrique. –Sí, encantado de conocerla –acerté a decir un poco azorado, sorprendiéndome por el tuteo. Jamás me había hablado de que viviera su abuela, y menos que compartiera la casa con ella. Me condujo por un largo pasillo, arrastrando un poco los pies al caminar. Eramenuda y baja, y lo parecía más porun cierto arqueo de su espalda. Vestía casi enteramente de negro, con una falda recta, medias tupidas y unas zapatillas de casa. Hacía tiempo que no veía unas iguales, desde mi…

Besos

I. Estamos sentados a la orilla de la playa, mojándonos los pies con las olas que vienen y van, rítmicamente. Siento el corazón desbocado latiendo con fuerza, en las sienes y subiéndome por la garganta. Cogidos de la mano nos miramos a la luz de la luna que brilla llena, redonda, encima de  nosotros. Me atraen sus labios, pero no me atrevo a pedírselo. El primer beso.  Siempre imaginé que sería aquí, entre la arena de la playa y la sal de nuestro querido y viejo mar. Ella me mira y sonríe. Quiero que me beses, dice. Y acerca el rostro ovalado, fijando en mí sus ojos azulísimos que reflejan el mar y las estrellas; lleva en ellos toda la sabiduría y el misterio de los siglos.
Me siento morir al cerrar los ojos  y sumergirme en sus labios entreabiertos, sintiendo como si en ese instante parieran la vida y el deseo, en una dicha suprema, eternamente anhelada.

II.
El primer beso. No recuerdo cuando fue. En todo caso hace mucho tiempo. Sería mozalbete con bozo en la cara y el acné invadiend…

Octava carta de amor muerto



Puntos de vista

I. El hombre carga con parsimonia la pipa. Saca el tabaco de la bolsa que ha situado encima de la mesa,y lo empuja suavemente con el atacadoren un gesto mecánico. Algunas hebras caen sobre el suelo, como lluvia marrón, pero parece no importarle. Enfrente de élsu compañero de mesalo observa en silencio, esperando la respuesta. Pero el hombre no tiene prisa en contestar. Tras comprobar el tiro de su viejabilliard, prendefuego al tabacocon unencendedor dorado,y hace salir un humo denso, que rápidamente los envuelve. Parece meditar entornando los ojos y aspirando con deleite.
II. Tengo que decírselo, pero aún no. No sé cómo hacerlo. O cómo justificarme. Cargo la pipa con mi tabaco preferido; quizá me relaje y consiga encontrar las palabras precisas, menos hirientes. Estoy algo nervioso; parte del tabaco se ha caído al suelo, pero no parece darse cuenta. Qué casualidad que sea precisamente esta pipa la que cogí hoy del armario, la vieja billiardque me regaló. Extraña coincidencia. En fin.…

Cuento mínimo. Comienzo

Odio la espera.  Es lo peor del trabajo.
Especialmente los  días como hoy, cuando el sol luce esplendido y debiera estar tumbado en la playa, mitigando la sed con mi refresco de cola y contemplando a las bañistas embutidas en minúsculos trajes de baño. Pero no, nada de playa, cola ni trajes de baño.
En cambio, estoy a cien kilómetros de casa, sentado en el automóvil de alquiler –treinta euros medio día, me pareció razonable abaratar costes-,  derritiéndome porque el maldito aire acondicionado no funciona. El calor me asfixia por momentos y siento el sudor resbalar por mi nuca. El traje negro no ayuda precisamente a mitigarlo. Es lo que tiene la pulcritud, una cierta elegancia en desuso.
Es la hora, me dice el reloj del viejo campanario. Respiro hondo. Un trámite, pienso, un trámite preciso y necesario. 
O mejor, no pienses. Salgo.