martes, 26 de junio de 2012

De lecturas


  “…y vieron entrar un tabaco detrás del cual venía un hombre.”
                                       Leonardo Padura. Pasado Perfecto.


El mundo se ha vuelto loco. No es posible dudar de esto, después de años de crisis, desgobiernos varios y revoluciones pendientes.

Caminamos a pasos agigantados hacia la nueva era de la deshumanización y la incertidumbre, en la que los individuos son sustituidos por las estadísticas, los sentires por números y los sueños se hacen irrealizables, extraños, imposibles. Los dioses nuevos controlan su interés con armas silenciosas e incruentas; y los viejos, ausentes, andan perdidos entre rezos y concilios inconclusos.  Y el hombre, ese animal a su imagen y semejanza, regresa a la caverna primigenia, aullando su mala suerte y rumiando la incapacidad de los líderes, la vergonzosa rendición de sus banderas, la clamorosa amputación de su naturaleza.

Pero, curiosamente, esa animalización del ser humano, esa deshumanización, ese retroceso vital y moral no es ajena al clima políticamente correcto en el que nos encontramos. Más bien es resultado del mismo. Lejos de colocar al individuo en el centro de la existencia, con sus miedos, sus anhelos, sus certidumbres, sus apetencias y necesidades, el mundo  bienintencionado –o no- de los rectores de nuestra vida nos sitúa en las antípodas de toda esa extraña y hermosa amalgama de vísceras, sentimientos y sueños que es el ser humano.

Y el mundo de la literatura no es ajeno a esta reflexión, inundado por la estupidez, los lugares comunes, la prevención, lo políticamente correcto.

Por eso, en la noche estrellada y mediterránea en la que escribo y fumo celebro un libro como el de ha parido mi amigo Ralph, titulado con acierto Gnadenlos –sin compasión-, que acompaña mi pipa y mi ginebra, llenándome el alma de regocijo y bienestar.

Porque todavía quedan resistentes. 




Esta entrada a sido publicada también en el blog fumador y poético La pipa es el tiesto de las flores del humo, con el que a ratos colaboro.

domingo, 24 de junio de 2012

Amor en ruinas


Viejo monasterio en ruinas,

campanario silente que aguanta el tiempo

tejado roto, vigas carcomidas

esqueleto gigante y enhiesto

testigo mudo de nuestros sueños.

Los automóviles enfilan a tus pies la carretera,

llenos de gentes tristes y ausentes,

dejándote paraíso privado y secreto

compartido por los arbustos y los palmitos.

Adolescencia perdida, sedienta, muerta

ruinas del viejo monasterio

sueño contigo en la noche insomne

en la cópula insatisfecha

en el azul perdido

el  bramido del mar

el  rugido del viento.

sábado, 23 de junio de 2012

La casa arriba del monte. Poema en prosa.


El padre.
El sol de la mañana se refleja en las paredes encaladas, de un blanco inusual para estas tierras, que suelen presumir de colores carmesí, amarillos, azules. 
Acabamos de subir el empinado camino de piedra, todo él bordeado de palmeras, palmitos y cactus. Huele al romero y al espliego que tan bien recuerdo desde mi niñez, cuando corría por estas tierras ajeno a todo, persiguiendo a las tórtolas que llegaban del África cercana. 
Mi suegra es ahora la propietaria de la casa y nos propuso visitarla. Me extrañó la invitación, pues no sabía que aún fuera suya, ni cual había sido la suerte de la heredad. 
Sigue sorprendiendo por sus dimensiones y belleza. Siempre fue el referente de toda la aldea; “La casa grande” la llamaban en tiempos. Han debido invertir sus buenos ahorros, pues las paredes están impecables; las ventanas y las puertas de madera pintada de azul parecen nuevas. Alrededor del perímetro un zócalo de piedra rugosa  aporta a la casa todavía más solidez, y también el tejado y la chimenea parecen nuevos, rematados por un airoso gallo de cobre que marca la dirección del viento. El sonido de las cigarras lo invade todo anunciándonos un día de calor, que invita a refrescarse bajo el emparrado de la parte trasera, del que cuelgan los racimos de uva. ¡Cómo me gustaban de niño las incursiones para sustraer aquellos manjares, y correr monte arriba para comerlos mirando el mar!

La niña.
La casa de mi abuela está en el campo, arriba de un monte. Se llega a ella por un camino de piedra, y es difícil subir porque está muy empinado. 
Es blanca, con las puertas y las ventanas azules. En el tejado hay un gallo que dice mi abuelo que marca la dirección del viento. Tiene en la parte de atrás un patio muy grande con la sombra de unas parras. En el verano mis abuelos me dan las uvas que crecen allí, y nos sentamos todos al fresco en unas sillas de madera muy antiguas. También hay unos bancos de piedra, pero son más incómodos, y un pozo del que la abuela saca el agua para fregar los platos y los vasos después de comer.
Siempre hace mucho calor, porque vamos en el verano, después del colegio. No tiene piscina, porque mi abuelo me dijo que estando el mar tan cerca era mejor ir a bañarse allí y no en una piscina. Puede que tenga razón, pero es cansado ir al mar andando aunque está cerca, por un camino de atraviesa la montaña. Lo mejor es que cuando volvemos del mar, siempre hay tiene preparada limonada fresquita, y la bebemos en un jarro muy antiguo que está colgado en la ventana del patio; botijo lo llama mi abuela.


viernes, 15 de junio de 2012

Gnadenlos, de Ralph del Valle

El amigo  Tomas Bernhard -o Ralph-, inspirador y jefe del blog fumador y poético La pipa es el Tiesto de las Flores del Humocon el que a ratos colaboro, ha ganado el IV Certamen de Creación Literaria Bubok, con su primera novela Gnadenlos, sin compasión. 
¡Enhorabuena!

Desde aquí nos congratulamos por ello; nos parece una gratísima noticia para los que comienzan/mos a escribir.
¡Compradla!  Os la recomiendo: muy buena, entretenida y atrevida; para leer sin duda:
http://www.bubok.es/blog/2012/06/13/entrega-del-iv-premio-bubok-gnadenlos-de-ralph-del-valle/

sábado, 9 de junio de 2012

La lejanía del Sueño


La tierra se ha mojado
con diluvios de lágrimas
inconsolable, ajado
mi corazón cual ánima.

El mar de acero arroja
los náufragos y las desdichas
los peces muertos, la madera rota
mi sueño atrapado entre inmundicias.

viernes, 8 de junio de 2012

¡Perros ingleses!


Los escasos lectores de estas letras mías saben que por mor del trabajo, la crianza y el ayuntamiento, vine a dar con mis huesos a la orilla levantina del Mediterráneo español, entre las otrora vírgenes costas de la raya andaluza-murciana, donde los palmitos crecían y las gaviotas volaban entre acantilados y tomates. Ahora sin embargo, los pájaros contemplan incrédulos el cemento y el ladrillo que, en las alturas, les sirven de diana y entretenimiento.

Mucho de ese ladrillo y ese cemento vino a ser ocupado por súbditos de su Graciosa Majestad Británica, que bajaron de las brumosas islas buscando el sol, el calor y la sangría. Los años de bonanza y la libra esterlina les permitieron comprar inmuebles baratos, y fieles a su tradición insular, prefirieron acumularse en urbanizaciones antes que mezclarse con los naturales, creando guetos poco permeables a las costumbres del lugar. Los negocios florecían pensados y regidos por y para ellos, tiendas británicas, bares británicos, peluquerías donde cardaban el pelo a lo Camila Parker, y así. Todo muy british y tal.

Y por supuesto, celosos de su forma de vida.

Por eso, cuando hoy, empujando de nuevo el carrito del bebé y humeando la pipa los veo sentados a las seis de la tarde primaveral, bajo el sol que será justiciero en el verano pero que ya calienta y reverbera, pidiendo su cena de hamburguesas con café con leche, la pequeña concesión a la paella, o su ración de salchichas, con el color encarnado incrustado en sus blancas carnes, por el calor y el red wine que consumen por hectólitros, no puedo dejar de pensar, un punto asqueado, ¡perros ingleses!

Me tengo por hombre tolerante, poco dado a aspavientos y enojos innecesarios, un poco descreído con todo lo circulante, comprensivo con las faltas propias y ajenas, con escasas certidumbres. Pero con un cierto orgullo patrio, o meridional, o mediterráneo. Y esas imágenes me siguen molestando, porque siento que la poca o nula adaptación de los británicos a las costumbres o el medio ambiente del lugar en el que habitan voluntariamente, que impone que en el sur a las seis de la tarde de la primavera florida y el verano desértico lo que hay que hacer es dormir la siesta o mirar el mar a la sombra de las parras –ahora de los toldos mecánicos o así-, el no querer ni tan siquiera chapurrear el español, o el italiano, o el griego, pretendiendo ser entendidos en la docta lengua de Shakespeare, lo hacen no tanto por preservar su idiosincrasia y forma de vida si no  y sobre todo, por su mentalidad colonial que los hace creerse superiores al  meridional de turno.

Ese que pese a la prima de riesgo, los políticos trincones, la corrupción galopante, la dejadez y las penurias, el fatalismo católico, lleva en sus genes la herencia de Homero, de Cervantes, de Da Vinci, de Ibn Arabí, de Justiano.