sábado, 28 de julio de 2012

Carmina y 2

Suena el transistor
canciones del pasado.
Lejano amor.


El mar moja
la arena  y las rocas.
Eterna resurrección.


Hoy escribí en mi Diario
Trescientos días de sol
maldito anticiclón.

jueves, 5 de julio de 2012

Carmina


I.

Camino por la playa
las huellas de mis pies
desnudos
me persiguen imperfectas
restos del  náufrago
que soy
sin Viernes
sin ti.
El mar desdibuja los atajos
arrastra los desechos
quita las esperanzas.
La isla desierta de mi corazón
espera la vela en el horizonte
entretanto palpita, sufre, resiste.
Soy Robinson Crusoe
rodeado de gentes, afanes, trabajos.

II.

Ulises me sonríe
camino de Ítaca
ven amigo,
acompáñame
Tengo mujer e  hijos
no importa.
Que vengan contigo”.
Es el canto de mis sirenas,
soy un pobre mortal.
Yo también
dice,
pero vencí  a Troya”.

miércoles, 4 de julio de 2012

Cuento. Obsesión


—“¿Quiere un cupón para hoy?”
La pregunta resuena alegre en el bar, repetida a todos los clientes. La oigo desde hace meses, cuando convertí aquel local en el lugar donde comienzo mis jornadas.
La vendedora es alta, entrada en carnes, con una cabellera morena que lleva recogida en dos larguísimas trenzas. Viste un sencillo pantalón gris, algo justo para su talla, y una camisa de color amarillo con el emblema bordado de la organización para la que trabaja. Lleva el pecho sembrado de boletos y décimos de lotería, como alamares multicolores, y los gruesos cristales de sus gafas apenas dejan ver unos ojos pequeños, vivos y nerviosos.
Son pocos los que le hacen caso; menos aún los que compran algún boleto. Es una sombra que pasa de largo, una pregunta en el aire. Ella sigue insistiendo sin perder la sonrisa:
—“¡Mucha suerte, señor!—, me dice ufana al comprarle yo la lotería, y se marcha camino de otro bar o de otros clientes.
Decido seguirla. La chica vale tanto como cualquier otra. Y es el día.

El sol calienta pese a lo temprano de la hora. El comienzo de la primavera se deja notar. Las calles, inundadas por el bullicio de los chiquillos camino del colegio, cargados de carteras, refulgen brillantes, mojadas por el camión del Ayuntamiento que las limpia a deshora.
La chica, con una ligera cojera que me había pasado inadvertida, avanza alegre por la calle, saludando a todos, ofreciendo la suerte a gritos. Entra en todos los comercios, invade todos los locales, inquiere a todas las personas, sin importarle mucho el poco éxito de la venta. Yo la observo a distancia, algo pudoroso por si percibe que  la sigo. Me molesta su alegría.
Desde hace mucho tiempo es un estado ajeno a mí. Irreal.
El psiquiatra lo definió con un término técnico, que no consigo recordar ahora, cuando veo a la chica sonreír con el último cliente, dejando en sus manos un boleto de felicidad prometida. La angustia me sube por la garganta, dejando un regusto amargo en la boca. Siento el corazón palpitar en mis sienes, y el acero de la navaja me quema en el bolsillo, repitiendo la palpitación mía.
Hace días que dejé de tomar la medicación. Y el hospital, en el Norte, es un recuerdo lejano, de días mojados, grupos de terapia, camisas de fuerza.
El agua rompe con fuerza en el acantilado. El Sur, al que me encaminaron mis pasos tras la huida, lejos de promesa de redención  ha convertido mi mente en una incesante caldera, una obsesión recurrente, una maldición de horror y vacío, la promesa del mar calmoso, el retorno al claustro al que me debo y al que tengo que volver.

La sangre resbala por mis brazos. Es hora de volar.
A lo lejos, alguien pregunta por su cupón de Lotería.