lunes, 8 de octubre de 2012

Los tres aros


Anduve los días pasados por el norte cantábrico español. Visité los pueblos marineros –Laredo, Santoña, San Vicente…- que se asoman tranquilos al indómito mar, al que miran desafiantes con sus elegantes paseos marítimos, sus antiguos puertos pesqueros, sus viejas callejas, con el olor penetrante a sal y a pescado, donde las afanosas manos de las mujeres cosen las redes que serán instrumento para el sustento de las familias en la lucha diaria contra el elemento y el precio de las lonjas.

Sus nombres rememoran hazañas pasadas en la pesca de la ballena, en los caladeros fríos del Norte, vientos duros y mares encrespadas, en la boga perdida de las antiguas traineras, sustituidas hoy por satélites, barcos factoría y globalización.

Pero con sorpresa y admiración, me tropecé también con muchos hombres –jóvenes aún, curtidos por la sal, el viento y la inclemencia- que lucían los tres aros en la oreja. Si la costumbre no fuera, como digo, acompañada por la mirada dura  y firme, las manos con la piel cuarteada y  morena, por los cuerpos fibrosos del arriar los cabos  y trabajar las artes, hubiera pasado por esnobismo moderno, como traición de costumbres, burda imitación.

Pero los que amamos la mar, toda la mar, que extasiados con su infinita fuerza y misterio nos sentimos atraídos por su terrible belleza y su transcendencia, sabemos y admiramos, el significado de esos tres aros en la oreja.

Los tres cabos. Los tres continentes por estribor, desde la cubierta del barco. Singladuras lejanas. Valentía. Soledad. Mar infinito en el horizonte y atrás, en la popa.

 Los tres grandes cabos: el de Buena Esperanza al sur del África; el cabo Leeuwin, al sur de Australia  y el cabo de Hornos, al sur de América. Superarlos es una gesta que da derecho a lucir los tres aros, según la tradición marinera. Antiguamente, los portadores de tales adornos tenían el derecho incluso a permanecer en pié ante los reyes, y según costumbre inveterada, a orinar contra el viento en las singladuras.

Por eso, en mis paseos a la orilla del Cantábrico, humeando mi pipa y sintiendo el bramido del viento, viendo mecerse los barcos abarloados en los puertos, y cruzar miradas con tipos así, de mi edad o incluso más jóvenes, no pude dejar de sentir una honda admiración y un punto de envidia.

A mí, nacido en la llanura manchega, ese otro océano de viñedos y cereal, pero que llevo el olor a sal y mar en mis entrañas, que miro el horizonte perderse a diario en el viejo mar de los romanos, y sueño con derroteros y navegaciones, también me hubiera gustado lucir los tres aros en la oreja.