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Mostrando entradas de diciembre, 2014

Pensamiento impropio y 2

La noche. El frío. La soledad de la habitación. El lecho vacío. Deambulo los inciertos caminos de tu recuerdo el insomnio, el sueño. La nebulosa del viejo televisor escupe el pecado y la inanidad reflejado el cristal roto de las botellas consumidas los papeles manchados de versos. Es Navidad en la ciudad todo es luz, canto, rezo. Pero hiela en la habitación en el viejo lecho en el triste corazón.


Pensamiento impropio

Hay días para vivir cientos, miles, anónimos y sólo una noche para morir. Pero a todos los días le sigue su noche como la muerte a la vida.
Yo habito esa noche desde tu partida.
Esto no es un poema de amor aunque quiera parecerlo tan sólo una confesión de un enamorado muerto.





La esquiva Fortuna

La lluvia de millones ha caído con fuerza pero no ha tenido a bien ni siquiera mojar la punta de mis zapatos. Me congratulo con la suerte de mis convecinos, y como todos, trato de buscar algún detalle de la diosa Fortuna en las caras de los parroquianos en mi bar de todas las esquinas.
Millones de euros tienen que dejar a la fuerza algún signo, algún rastro, pese a los asesores y directores de banco especialistas en ocultación; pero no, la humilde parroquia sigue igual en la comunión del  café mañanero  y el  humo fraternal, y me cuesta creer que el panadero que hace un alto en la masa y la madrugada, el quiosquero que se desayuna antes de levantar persiana y periódicos, como el tendero vencido aún por el sueño, o la joven oficinista que retoca su maquillaje frente a la menta poleo, o aquel otro anónimo que ojea el  diario deportivo y trasiega carajillo y coñac, puedan tener la cuenta corriente parida de ceros en estos días de Navidad. Pero alguno tendrá que ser, no huido a las Maldiva…

Sirenas

Susurran las sirenas llamándonos lascivas navegando en el viejo mar con promesas de paraísos, caricias y felicidad tan reales y hermosas como islas de corales desnudas, rosados pechos opulentos, cabelleras de fuego y sus vientres mojados hogares soñados descanso y perdición del marinero, tumbas de capitanes intrépidos. Cantan canciones en lenguas extrañas antiguas melodías, ritmos viejos y sensuales oídos en los siglos y la historia por hombres desesperados buscando su Ítaca. “¡Venid, hermoso capitán, huríes tuyas seremos, tus deseos reales serán tus fantasías, realidad! ¡Venid y tocad, la piel mojada los labios de fruta, el sexo ardiente! ¡Oid el suspiro! ¡abrazad la mar!” “¡No!” Pecho al viento, trueno en la voz, en la jarcia, firme “no soy un héroe pero tengo Penélope que soñar y me espera urdiendo para Laertes en mi hogar”.








Enmienda

Tarde.
Gris y melancolía.
Los primeros fríos del año atenazan las horas lentas de la sobremesa; suenan las notas de música, lentas y parsimoniosas, acompañando el solitario café.
Es el único sentado a las mesas, desafiando al frío, humeando la pipa y emborronando la vieja moleskine. Han emigrado todos, a vacación que preludia la Navidad, anunciada ya en todas las luces y todos los escaparates de la ciudad.
Negro.
Café e invierno.
Tras la jornada, el monótono trabajo, la madrugada de obligación, el hombre piensa.
Acuden los recuerdos, invadiendo su cabeza. Y a ratos le vence la melancolía, la tristeza, la soledad. Pero procura que los sueños por cumplir sean victoriosos, otra tarde más en la mitad de la vida, si la enfermedad lo respeta. Al menos en los renglones imprecisos, en los versos amputados, en las humildes letras.
Y si no es así, amortizado se tiene: plantó árboles, tuvo hijos, mal-escribió libros.
¿Cómo será recordado? ¿Por quién? ¿Qué lágrimas se derramaran en su ausencia?
Las pregunt…