martes, 28 de julio de 2015

El hijoputa

Este sábado pasado, mientras disfrutaba del viejo mar en el que remojo los dolores, la conciencia y las esperanzas, llegado al rincón levantino de mis ratos de ocio y alegría, un amigo de lo ajeno tuvo a bien, el muy malnacido, estropearme un rato el fin de semana, y provocarme cabreos varios  y sinsabores que me persiguen aún trascurridos varios días. Reconozco.

Después de destrozarme la ventanilla del coche, por el vulgar medio de martillazo o similar –nada que ver con la elegancia o destreza del que abre el coche sin causar daños-, me sustrajo el bolso con toda la documentación.

En poco mas de dos horas, el tiempo que transcurrió entre el aparcamiento del vehículo y la vuelta, remojado, satisfecho y preparado para la nuit, pasé a ser un completo indocumentado. Ni documento de identidad, ni carnet de conducir, ni tarjeta sanitaria, ni tarjetas de crédito varias, de Clubes a los que pertenezco, la del nombrado gran almacén también. Y por supuesto, los euros con los que pensaba pasar un rato a la orilla del mar.  

Con ser todo eso un gran contratiempo, que me hará perder –ya lo hace- el tiempo en renovaciones varias y sustituciones diversas, lo que de verdad me cabreó fue que junto a todo ello, se llevó también dos dispositivos de almacenamiento electrónico llenos de escritos míos –de mi ocio y de mi ocupación, demandas, quejas, contestaciones, estudios, recursos…- y lo peor: dos viejas plumas estilográficas Parker 21 que me acompañan largo tiempo, un bolígrafo chapado en oro por el que mis hijas rompieron hucha y alegraron mi corazón  y mi alma, y uno de mis moleskine, esos elegantes y evocadores cuadernos de hule negro, en los que emborrono escasos y pobres versos, mis pequeños escritos, las ocurrencias y vivencias que me vienen dadas o contadas o soñadas…y que estaba ya  por ultimar o casi.

Así pues, si alguno lee –no creo, tanto porque no exista ese aprovechamiento, como porque nadie lee estas cosas- noticias mías sin contrastar, o de alguno de los personajillos que pueblan escritos y noticias por aquí, sepa disculparme. No sería yo el abajofirmante, si no alguien, EL HIJOPUTA, que un día de verano intento fastidiarme la mar, el descanso y la vieja moleskine.

O sea.
Postscriptum: perdonaran ustedes lectores escasos el vocablo que intitula esta entrada y adorna sus últimas líneas; ando cabreado obvio es. Siempre me consideré un ciudadano normal, respetuoso de leyes, ordenanzas y derechos ajenos; poco dado a molestar al vecino y compatriota, sufridor en muchas ocasiones de sus desmanes, ruidos, atropellos y dejadez varia sin demasiada protesta ni altercado; pagador de  tasas, arbitrios, impuestos y contribuciones, en ocasiones en demasía para el uso de los servicios públicos que hago; ayudante de quien me pide ayuda y aconsejante de quien me pide consejo, mal que bien; un tipo normal con una vida normal, anodina, silenciosa, respetuosa; que es a lo único que aspiro. Pero es que de vez en cuando conviene el exabrupto, llamar a las cosas por su nombre, más en el rico idioma nuestro. También: malnacido, delincuente, cabrón, desgraciado, maldito, facineroso, estulto, gilipollas, bárbaro, bastardo, cafre, canalla, desalmado, energúmeno, bribón, descerebrado, malasangre y malasombra, orate, sanguijuela, tunante, zote...