miércoles, 24 de septiembre de 2014

Minimas escenas y 2

Un viejo parroquiano se sitúa a mi lado en la mesa del café. Costumbre centroeuropea, en poco uso aquí.

Una gorra blanquísima adorna su cabeza senatorial y el acento arrastrado lo delata de la capital del Reino, en tranquila jubilación o aseado viaje pensionista. Ha pedido  por favor sentarse a mi lado, pues el sol inclemente arrasa las mesas a él expuestas.

Con sorprendente educación me pregunta si puede fumar, pese a que yo humeo la pipa mientras consumo la cafeína de media mañana  y leo los diarios nacionales. Ante mi respuesta afirmativa -¡faltaría más, por favor!- sus manos delgadas y artríticas se afanan con pericia y precisión a liar un cigarro, tabaco y papel sacados de una vieja bolsa de cuero curtido y reluciente, sin boquilla, al viejo uso.

Prende el fuego, aspira profundamente con los ojos cerrados, saboreando la vida, la mañana, el recuerdo, mientras el camarero le sirve una taza de café negro y humeante.

Me mira sonriente, sin mediar palabra. No es necesario. Yo también comprendo que, en momentos como ese, de pequeño placer encontrado en un cigarrillo o en un café, al sol que caliente la mañana del final del verano, no son necesarias las palabras en la comunión del viejo rito, a la orilla del mar.



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