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martes, 24 de enero de 2017

Fin.

Estas son, o debieran ser, las palabras más tristes que escribo.

O que escribo desde que estas páginas, las elucubraciones que por aquí circulan, los versos o así que asoman por las ventanas del sitio, las reflexiones que pretendían serlo, las imágenes imaginadas, los momentos soñados vieron la luz hace ya tiempo, muchos meses y algunos años. Y sin embargo, no tengo pena, ni dolor. Solo un regusto amargo, de final.

No es fácil matar a un amigo, dejar morir a un hijo.

Las palabras que aquí se depositaban, después de ser escritas negro sobre blanco, en tinta azul y con la vieja Parker 21, ya saben, en las moleskines que me acompañan los días y las jornadas, nacieron como válvula de escape, como divertimento agradable, no en búsqueda de lectores, que fueron y son escasos e imperceptibles; una distracción que pasó del papel al mundo cibernético animado por conversaciones con amigos, el ego quizá hinchado de esperar alguna aprobación, la sorpresa de alguna lectura, la visita de gente desconocida a la que gustasen las escasas letras mías, o las aprobaran, o al menos las leyeran y miraran con cierta conmiseración. 

Pero en todo caso, como expresión de sentimientos, reflexiones, añoranzas y opiniones propias, producto de la imaginación mía y de ese trasunto que al final casi ocupaba todo el espacio disponible y al que intitulé de Gaviero; mostrando sus sentires, sus esperanzas, sus divagaciones. O armando las piezas de la novela que anda en la cabeza y desperdigada por los cuadernos, agendas, folios; y que ya no verá la luz.
Dijo el gran Bukoswki que el que se atrevía a escribir alguna línea, era responsable de lo que decía, no de lo que entendieran los lectores. Y que todo el que escribe no puede estar en paz. He comprobado ambas cosas; tergiversadas a menudo mis letras, descontextualizadas, interpretadas de forma distinta a su verdadera intención y motivación, algunas me han provocado doble dolor: el que nació de parirlas, y el que nace de su interpretación.

Y por supuesto, siempre entendiendo que mis escritos son sólo eso, escritos míos mínimos, sin valor alguno –literario por supuesto-, versos la mitad de las veces amputados, terribles, - en todas las acepciones-, menores, pequeños. Reflejo de mi imaginación, alimentada con lecturas, sueños, experiencias vitales, vida en fin;  vivida o imaginada.

Hace ya mucho tiempo que tengo la certeza que no seré nunca un buen ayuntador de letras. Ni siquiera me atrevo a escribir escritor o poeta. 

Pero tenía la esperanza que, alguna vez, un verso, una frase, una imagen, justificara los esfuerzos, la dedicación, la esperanza con que eran escritas y la ilusión con que eran compartidas al mundo, aun en silencio. Falto de inspiración las más de las veces, no logré nunca acercarme a esa meta.

No creo haberlo conseguido ninguna vez. Seguiré insistiendo, pero en la soledad de los cuadernos y la vieja moleskine. La incapacidad, la mediocridad, la falta de talento, la inseguridad, mejor no compartirla, no exponerla, no proclamarla. Basta.  Y los escritos míos, queden pues como tales. Míos.
Hoy pongo fin a esta ventana en la que me asomé al mundo, sin otra esperanza que el mundo tuviera a bien entrar en mí.

Es triste matar a un amigo, dejar morir a un hijo. Sea.





jueves, 4 de febrero de 2016

Paseo

Lluvia en la ciudad de invierno, calles solitarias y melancólicas. Vestida de colores grises y silencio. Furtivos paseantes solitarios, llora el cielo. La vida se repliega en cafés y hogares, lucen escasos paraguas y abrigos. Lenta tarde de plomo y abandonada.

Arropado por el sombrero y la pipa, humeando tabaco claustral y antiguo, camino y pienso.

Deambulo sin rumbo por aceras y parques,  otro tanto por pensamientos y sentires.

Abandonado. Los árboles desnudos, la luz de los escaparates que reflejan mi anacrónica imagen, los sonidos de los bares de todas nuestras esquinas, el  triste quiosco en el que ojeo la prensa diaria. Es la compañía en el paseo de invierno. Soledad.

Momentos propicios para la reflexión, esta época de zozobra nacional, también personal, de alarde por lo hecho, de sueños por venir. Días de incertidumbres.

Camino con paso incierto por mi cuarta década, a medio cumplir. Dejo atrás amigos perdidos, trabajos soñados y lejanos, fracasos académicos, enemigos olvidados, amantes insatisfechas, otras imposibles, muertos varios, infancia feliz, una adolescencia anodina y quizá perdida…

Con el rostro mojado, mezcla de lágrimas y lluvia. Otro invierno más, otro año más.

Y miro al frente.

Camino por aceras y parques, una tarde de invierno en la ciudad.

A ratos triste, a ratos insatisfecho, pero sé que aún tengo la limpia mirada de dos niñas por acompañar, la pura vida de sus risas; tal vez el amor de una mujer, los libros por leer, los pequeños versos por escribir, el eterno azul de la mar…

Hombre solitario y soñador,  que deambula bajo la lluvia.








lunes, 11 de enero de 2016

Tarde

Vuelvo a mi bar de todas las esquinas, que tenía abandonado y seco. Lo encuentro más solitario, gris y melancólico.

La camarera de formas rotundas que alegraba la vista y el espíritu a los parroquianos –supongo y deseo para alguno además el cuerpo y la vida, de palpar y soñar-  ha sido sustituida por otra diríase efigie de Giacometti, línea vertical y andrógina como el sino de los tiempos, que sonríe lánguida y apagada, anodina, acorde con la decoración y el ambiente.

Acompaño el café con el humo de mi pipa, congelando el ánimo en la terraza habilitada, iglú de los políticamente incorrectos y apestados, léase fumadores.

A mi lado, dos jóvenes trasquilados y andrajosos –primera acepción- lían cigarrillos y emiten proclamas, esas que gobiernan ahora la nación, otrora España.

El humo de la pipa, azulado, dulce y guasón, acompaña mi sonrisa.

En el otro extremo, una mesa de pensionistas –o viejos por mejor decir- canta los tantos y trasiega el coñac, que será brandi por mengua de pensiones y emolumentos  o costumbre anquilosada y poco original, patria en todo caso.

El televisor, al que nadie presta atención, escupe noticias del mundo rosa, o del planeta balompédico, tanto da, amnesia de conciencias, adormidera de opiniones y lamentos.

Otra tarde más, en mi bar de cualquier esquina. Exhalo la pipa, que convierte la primera en segunda acepción, y emborrono la hoja en blanco de mi nueva moleskine, única patria en la que me reconozco y resguardo. Busco las palabras y las imágenes, y compongo versos insignificantes, mínimos, que adornan la vida, acompañando el café, el humo, el sentir.

En su compañía transito los días de trabajo, las noches de sueños, las madrugadas de insomnio, armando la existencia sin esperar más que una sonrisa de las personas queridas, un párrafo que estremezca el alma, un verso que justifique la vida, una mirada que alimente el alma.





lunes, 5 de octubre de 2015

Luto en Ystad, lágrimas negrísimas

Qué inmensa tristeza, qué solos en Escania, qué huérfanos...

¡Qué grandes momentos pasados en su compañía! Año negro para las letras negras, sin Negra y Criminal y ahora sin uno de los grandísimos -a años luz de sus imitadores exitosos-.


http://www.abc.es/cultura/libros/20151005/abci-muere-cancer-escritor-henning-201510051207.html

martes, 1 de septiembre de 2015

Lágrimas negras

Qué mala noticia nos trae hoy el viento y los diarios. Fue hermoso pertenecer, siquiera sea mínimamente, a esta gran familia de cómplices.

Y sólo queda agradecimiento, entre lágrimas negras. Y seguir leyendo, negro sobre blanco, aunque ya no vengan los relatos, los libros, los sueños, de la vieja Barceloneta.

Gracias Paco y Montse, por las palabras y los momentos.

http://www.abc.es/cultura/libros/20150901/abci-libreria-negra-criminal-cierre-201509011117.html

http://www.elmundo.es/cultura/2015/09/01/55e57b2bca47419e038b457b.html

martes, 28 de julio de 2015

El hijoputa

Este sábado pasado, mientras disfrutaba del viejo mar en el que remojo los dolores, la conciencia y las esperanzas, llegado al rincón levantino de mis ratos de ocio y alegría, un amigo de lo ajeno tuvo a bien, el muy malnacido, estropearme un rato el fin de semana, y provocarme cabreos varios  y sinsabores que me persiguen aún trascurridos varios días. Reconozco.

Después de destrozarme la ventanilla del coche, por el vulgar medio de martillazo o similar –nada que ver con la elegancia o destreza del que abre el coche sin causar daños-, me sustrajo el bolso con toda la documentación.

En poco mas de dos horas, el tiempo que transcurrió entre el aparcamiento del vehículo y la vuelta, remojado, satisfecho y preparado para la nuit, pasé a ser un completo indocumentado. Ni documento de identidad, ni carnet de conducir, ni tarjeta sanitaria, ni tarjetas de crédito varias, de Clubes a los que pertenezco, la del nombrado gran almacén también. Y por supuesto, los euros con los que pensaba pasar un rato a la orilla del mar.  

Con ser todo eso un gran contratiempo, que me hará perder –ya lo hace- el tiempo en renovaciones varias y sustituciones diversas, lo que de verdad me cabreó fue que junto a todo ello, se llevó también dos dispositivos de almacenamiento electrónico llenos de escritos míos –de mi ocio y de mi ocupación, demandas, quejas, contestaciones, estudios, recursos…- y lo peor: dos viejas plumas estilográficas Parker 21 que me acompañan largo tiempo, un bolígrafo chapado en oro por el que mis hijas rompieron hucha y alegraron mi corazón  y mi alma, y uno de mis moleskine, esos elegantes y evocadores cuadernos de hule negro, en los que emborrono escasos y pobres versos, mis pequeños escritos, las ocurrencias y vivencias que me vienen dadas o contadas o soñadas…y que estaba ya  por ultimar o casi.

Así pues, si alguno lee –no creo, tanto porque no exista ese aprovechamiento, como porque nadie lee estas cosas- noticias mías sin contrastar, o de alguno de los personajillos que pueblan escritos y noticias por aquí, sepa disculparme. No sería yo el abajofirmante, si no alguien, EL HIJOPUTA, que un día de verano intento fastidiarme la mar, el descanso y la vieja moleskine.

O sea.
Postscriptum: perdonaran ustedes lectores escasos el vocablo que intitula esta entrada y adorna sus últimas líneas; ando cabreado obvio es. Siempre me consideré un ciudadano normal, respetuoso de leyes, ordenanzas y derechos ajenos; poco dado a molestar al vecino y compatriota, sufridor en muchas ocasiones de sus desmanes, ruidos, atropellos y dejadez varia sin demasiada protesta ni altercado; pagador de  tasas, arbitrios, impuestos y contribuciones, en ocasiones en demasía para el uso de los servicios públicos que hago; ayudante de quien me pide ayuda y aconsejante de quien me pide consejo, mal que bien; un tipo normal con una vida normal, anodina, silenciosa, respetuosa; que es a lo único que aspiro. Pero es que de vez en cuando conviene el exabrupto, llamar a las cosas por su nombre, más en el rico idioma nuestro. También: malnacido, delincuente, cabrón, desgraciado, maldito, facineroso, estulto, gilipollas, bárbaro, bastardo, cafre, canalla, desalmado, energúmeno, bribón, descerebrado, malasangre y malasombra, orate, sanguijuela, tunante, zote...

jueves, 26 de marzo de 2015

Minimas escenas y 6

A mi lado, inundando el bar de todas nuestras esquinas de risas, voces  y bromas, un grupo de cincuentañeras, alguna sexagenaria, de buen ver y, supongo, mejor palpar, toma café  y menta-poleo en comunión y asamblea.

Visten ropas deportivas, de colores imposibles, ciñendo cuerpos hermosos –cuarta acepción coloquial- en carnal homenaje a Botero o Rubens, despojadas de vergüenza; calzan zapatillas de deporte de diseños postmodernos, llamativas en líneas y coloridos. Un grupo de jóvenes o adolescentes no vestiría más acorde al siglo y a la moda.

Los aparatos celulares humean de mensajes, llamadas, intercambios varios.

Descansan después del paseo, o del jogging or runnig, y comentan risueñas y alegres las ocurrencias del nieto, de la vecina, la última noticia de la televisión, el postrer adonis al que llevarían a la cama –con cierto sonrojo o sin él, dependiendo de las pulsaciones aún no relajadas-, preparando encuentros, actividades, quehaceres…

Tomo mi café y sonrío.

Brindo en silencio por los maridos enterrados. Y pienso, con el poeta, qué tristes y fríos se quedan los muertos. La naturaleza y la demografía rigen sin sobresaltos en este país de viudas.

Sin reproche, enciendo la pipa y exhalo el humo.


C´est la vie, n´est pas?





lunes, 2 de marzo de 2015

Pena

Ha muerto el jefe de la Banda. El gran González Ledesma.

Descanse en paz. Leeremos de nuevo sus grandes novelas. Literatura de la negra, negrisima. De la buena. Y beberemos un carajillo por Méndez, que se nos queda huérfano.


http://www.elmundo.es/cultura/2015/03/02/54f41814268e3e202b8b456c.html

miércoles, 28 de enero de 2015

Hace 70 años...


En el año once,  en unas pequeñas vacaciones en tierra polaca –tierra amada, por la que siento una especial predilección que no sé explicar, ni lo intento-, visité el Horror, del que ahora se cumplen setenta años de su descubrimiento y liberación.
¡Setenta años!  Quizá parecen muchos, pero no lo son. Y conviene no olvidar; nunca. Más ahora que recorre la vieja y herida Europa un viento helado, pesado, como de otro tiempo, que alimenta fantasmas aterradores  y peligrosos.

A la vuelta del viaje, conmocionado, escribí esto, que ahora me permito reproducir, en homenaje a los muertos, en especial a los dos que codan el texto: en cumplimiento de su mandato al borde de la fosa común por uno; por el otro, rendido a su lucidez y verbo preclaro.


“Hay una foto colgada en la pared.

Grande, algo borrosa, pues es antigua y está aumentada para observarla mejor.

En blanco y negro.

El frío cala los huesos y el ánimo. En la foto también.

Un andén ferroviario. Famoso, en una vía muerta.

Del vagón, con las puertas abiertas, desciende la gente. Los rostros cansados, las miradas de desconcierto, el miedo. La incredulidad.

Es difícil aguantar la escena, aún hoy desde nuestro tiempo cómodo y amnésico.
El niño me mira, mientras a su lado la abuela, envuelta en ropajes y harapos, se afana en recoger la maleta de cartón y el hatillo de ropa, atrayendo a su ser a los pequeños que trae consigo.
Todo el andén es un revuelo de hombres y enseres, y se adivinan las órdenes y los gritos en el comienzo de la formación.
Dos filas ordenadas por los uniformes y las rayas.

Parece nevar, y el frío penetra en el alma desolada, como entonces.

Al fondo, tras el bosquecillo, se adivina una chimenea y el humo blanco.
Aquí, en el primer plano, el niño me mira preguntándome qué ocurre.

Una lágrima resbala en mi rostro, aterido de frío y horror.

Esa mirada me acompaña toda la vida, pues en ella veo la mirada limpia, inocente, trasparente, de mis hijas.

Y sigo sin saber que responder.

Coda.
“Gente, no lo olvidéis; hablad de esto, gente; guardadlo todo”. Simón Dubnow, historiador judío de ochenta y un años. 7 de diciembre de 1941, camino del bosque de Rumbula, fosa común de los 30.000 judíos del gueto de Riga.
Verso de un poema de mi amigo Pedro Carlos Amador “Del crío humano que murió sin risa/ en Auschwitz. ¿Quién calcó el pertinaz grado/ de manera tan cruel y tan precisa?”

jueves, 8 de enero de 2015

Mínimas escenas y 5

Sigo en la vacación estos días de comienzo del  año, regalos de Reyes y roscón.

Apuro los minutos antes de la vuelta al ritmo diario de labor, la monotonía de la crianza, deberes, actividades,  entretenimientos varios con los que entretejo las horas de las hijas, los momentos del  invierno.

Han pasado las fiestas, disfrute de familia  y amigos; acúmulo de kilos, buenos propósitos,  renacidos deseos, renovadas esperanzas, soñadas aficiones y aspiraciones.

Me asomé al mar, inmutable y ajeno a celebraciones. Inmenso en su soledad y hermosura, grandeza azul y plomo.


Y como todos los años,  me congratulé. Por él, por mí, por nosotros.

viernes, 26 de diciembre de 2014

La esquiva Fortuna

La lluvia de millones ha caído con fuerza pero no ha tenido a bien ni siquiera mojar la punta de mis zapatos. Me congratulo con la suerte de mis convecinos, y como todos, trato de buscar algún detalle de la diosa Fortuna en las caras de los parroquianos en mi bar de todas las esquinas.

Millones de euros tienen que dejar a la fuerza algún signo, algún rastro, pese a los asesores y directores de banco especialistas en ocultación; pero no, la humilde parroquia sigue igual en la comunión del  café mañanero  y el  humo fraternal, y me cuesta creer que el panadero que hace un alto en la masa y la madrugada, el quiosquero que se desayuna antes de levantar persiana y periódicos, como el tendero vencido aún por el sueño, o la joven oficinista que retoca su maquillaje frente a la menta poleo, o aquel otro anónimo que ojea el  diario deportivo y trasiega carajillo y coñac, puedan tener la cuenta corriente parida de ceros en estos días de Navidad. Pero alguno tendrá que ser, no huido a las Maldivas, liquidador de hipoteca y asaltador de concesionarios y joyerías.

El ritmo de la vida sigue igual, lento aún de crisis y desempleo; algo notará la ciudad con la sonrisa de la Fortuna, pero tendrá todavía que ser la otra lotería, la emparentada con la decencia, la honestidad, la laboriosidad, la que saque a todos de los malos tiempos, incluso para la lírica.


En todo caso, espero que el refrán sea preciso, y sea afortunado en amores. O sea.



domingo, 7 de diciembre de 2014

Enmienda

Tarde.

Gris y melancolía.

Los primeros fríos del año atenazan las horas lentas de la sobremesa; suenan las notas de música, lentas y parsimoniosas, acompañando el solitario café.

Es el único sentado a las mesas, desafiando al frío, humeando la pipa y emborronando la vieja moleskine. Han emigrado todos, a vacación que preludia la Navidad, anunciada ya en todas las luces y todos los escaparates de la ciudad.

Negro.

Café e invierno.

Tras la jornada, el monótono trabajo, la madrugada de obligación, el hombre piensa.

Acuden los recuerdos, invadiendo su cabeza. Y a ratos le vence la melancolía, la tristeza, la soledad. Pero procura que los sueños por cumplir sean victoriosos, otra tarde más en la mitad de la vida, si la enfermedad lo respeta. Al menos en los renglones imprecisos, en los versos amputados, en las humildes letras.

Y si no es así, amortizado se tiene: plantó árboles, tuvo hijos, mal-escribió libros.

¿Cómo será recordado? ¿Por quién? ¿Qué lágrimas se derramaran en su ausencia?

Las preguntas se funden en su sentir pero, sin miedo a las respuestas, quizá aún sea tiempo de cambiarlas.

Carga la pipa con parsimonia.

Paga su café.

Sale.


A la ciudad, al frío, a las preguntas.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

Mínimas escenas y 4

Otra tarde en mi bar de todas las esquinas.

Compartiendo frío y café con los escasos parroquianos; afuera el viento arrecia, y la lluvia cae en minúsculas gotas, como llorando sin querer.

La niña a mi lado merienda y ríe y descubre sus pequeñas cosas, en un despertar a la vida en el que todo es nuevo y bueno y azul.
La miro y sonríe, con la pureza inmaculada de sus pocos años, acompañándome en otra tarde gris y monótona, en el día a día de la ciudad. Habla rápido, atropelladamente, y sé por ello que está contenta y feliz, y me cuenta sus aventuras del colegio, los juegos con su hermana, las ocurrencias de los compañeros, la curiosidad de las primeras lecturas…


Lento transcurrir de la vida, esa con la que procuro congraciarme en el humo, en el verso, en la dulce sonrisa de mis hijas.




viernes, 24 de octubre de 2014

Sigo

Algunos de mis escasos lectores me inquieren, deseosos de saber a qué es debida mi ausencia, el porqué de mi traición temporal a la intitulación que con tanto orgullo preside éstas cosas mías, preguntándose –y preguntándome- si estoy falto de inspiración -¿la tuve alguna vez?-, deudo de la musa, con la pluma desganada, la moleskine abandonada, y el bar de todas muestras esquinas solitario o en traspaso, con la camarera en otros menesteres.

No sé que responder, y si entonar o no un mea culpa.

Sigo emborronando el papel, persiguiendo versos y pariéndolos las más de las veces vergonzantes,  infantiles, indignos –no de mi pues míos son- de ofrecerlos a la fugaz lectura; visitando las regiones de mi alma que son los Sueños,  periferia de mis deseos y aspiraciones, pateando las calles y refugiándome todavía en el bar de todas las esquinas, al cobijo cuasi maternal de la camarera que me sirve el café y la sonrisa.

Compartiendo el humo, el sudor y las madrugadas con los habitantes del microcosmos míos al que canté baladas tristes pero esperanzadas; deseando –aún, todavía, más- el azul y el mar; desesperanzado –siempre- por las noticias diarias de latrocinios, traiciones, estupideces con las que todos nos desayunamos; soñando la mujer, exhalando el humo de mis pipas, aumentando las dioptrías en lecturas y libros, escuchando al Poeta que aún está corriendo en la oscuridad de la ciudad…

En la gavia. Como siempre. Sigo.




jueves, 25 de septiembre de 2014

Mínimas escenas y 3

Arreglando el mundo, la política y el país, los compañeros del bar de todas nuestras esquinas levantan las francas voces, comparten las risas, las ocurrencias, los sesudos razonamientos o no tanto, en la comunión del café, la mañana, la vida.

Los nombres de la política nacional y local, los recuerdos de pasados tiempos, las confidencias cantadas que dejaron de serlo hace muchos días y meses y años, se mezclan con las acusaciones de latrocinios varios, traiciones reiteradas, apelaciones patrias o a las desusadas internacionales, mientras rueda el  café, el coñac o el anís, se cantan los tantos de las partidas, vuelan la fichas de dominó, se comparte cigarros, se ríen las gracias, verbales y físicas, de la camarera.

Normalidad en la mañana hispana, repetida igual o así en todos los bares de todas nuestras esquinas.





miércoles, 24 de septiembre de 2014

Minimas escenas y 2

Un viejo parroquiano se sitúa a mi lado en la mesa del café. Costumbre centroeuropea, en poco uso aquí.

Una gorra blanquísima adorna su cabeza senatorial y el acento arrastrado lo delata de la capital del Reino, en tranquila jubilación o aseado viaje pensionista. Ha pedido  por favor sentarse a mi lado, pues el sol inclemente arrasa las mesas a él expuestas.

Con sorprendente educación me pregunta si puede fumar, pese a que yo humeo la pipa mientras consumo la cafeína de media mañana  y leo los diarios nacionales. Ante mi respuesta afirmativa -¡faltaría más, por favor!- sus manos delgadas y artríticas se afanan con pericia y precisión a liar un cigarro, tabaco y papel sacados de una vieja bolsa de cuero curtido y reluciente, sin boquilla, al viejo uso.

Prende el fuego, aspira profundamente con los ojos cerrados, saboreando la vida, la mañana, el recuerdo, mientras el camarero le sirve una taza de café negro y humeante.

Me mira sonriente, sin mediar palabra. No es necesario. Yo también comprendo que, en momentos como ese, de pequeño placer encontrado en un cigarrillo o en un café, al sol que caliente la mañana del final del verano, no son necesarias las palabras en la comunión del viejo rito, a la orilla del mar.



martes, 23 de septiembre de 2014

Mínimas escenas y 1

Vuelvo a mi bar de todas las esquinas, abandonado tiempo. Las mismas risas, los mismos sonidos, el mismo olor a café recién hecho, humo de tabaco negro, humanidad laboriosa. Pulso de la ciudad que despierta al trabajo, al sueño, a la esperanza o des-.

Otro año más de crisis, que en algunos parroquianos es perpetúa y piel, aguantada con resignación hispana, fatalismo cachondo y extrovertido y asombroso, que antes prefiriere las subvención, la ayuda, la mínima subsistencia, que la guillotina, la barricada, la revolución.

La camarera nueve aún las caderas con gracia, alegrando el paisaje; el periódico deportivo, ajado, pasa de mano en mano; el alcohol se consume con nombres extraños e ibéricos, reparos, carajillos, belmontes, asiáticos…


…y yo, en mi rincón, sonrío a la mañana y a la vieja moleskine que me acompaña.




viernes, 5 de septiembre de 2014

Escena y 9, baño.

Vuelvo a la mar, estos días en los que los visitantes/turistas/veraneantes marcharon ya a los quehaceres y rutinas de sus vidas de secano, ocupaciones, colegios.

Escasos resistentes, aferrados a sus pensiones o resignados en su desempleo, u originales en sus vacaciones, me acompañan en el ritual del viejo mar, al que reclamo mi porción de vida, mi dosis de tranquilidad, la necesaria razón de la existencia.

Me fundo en el olvido de sus aguas, rodeado de peces, dejándome mecer por las olas en el retorno al claustro materno, que es su esencia.

El sol se pone en la línea irreal que separa las aguas del cielo, dos azules fundidos en negro delgado y misterioso, en la hora adecuada para los deseos, los abandonos, la dejadez.


lunes, 18 de agosto de 2014

Des-tiempos

A veces, y más habitualmente los últimos meses, me asalta a traición la sensación –que es casi certidumbre- de que mi vida ha sido y es un cúmulo de episodios tardíos, de ocasiones estériles, de momentos a destiempo o interruptus.

Nací el segundo entre mis hermanos; el segundo de los varones, y la tercera fue una mujer. Es decir, estoy atrapado entre primogenitura y gineceo ya desde la cuna.
Mi nacimiento fue a las puertas del Sanatorio; ya escribí algo sobre esto y figura por aquí ese episodio extemporáneo y fuera de lugar.


Pertenezco a una generación  a la que se prometió que el esfuerzo y el trabajo llevarían a la recompensa, la posición, el bienestar, el equilibrio. Mentiras claro.

Y a partir de ahí, mi vida empezó a ser una sucesión de esterilidades y momentos perdidos, oportunidades pasadas, trenes sin coger.

Llegué tarde al primer amor
no pude con la soñada ocupación
tantas conversaciones pendientes
con el progenitor
la mar sin surcar como soñé
los amigos perdidos, el hogar lejano
la marchita  raíz de mi deambular
los versos sin componer…

Y todo esto por que he leído unos versos de Eloy Sánchez Rosillo que me hubiera gustado escribir a mí. Otra vez, la tardanza, la falta de inspiración, la incapacidad.
Dicen así:

“Recuerdo aquel lugar, la tarde aquella, la ajena habitación, el viejo lecho, y el calor de unos brazos que me abrazaban. Lo demás poco importa. Nada vale tanto como la dicha que allí tuve".


lunes, 14 de julio de 2014

La mar y yo.

Me consuelo mirando la mar de días de preocupaciones, sinsabores, molestias no sólo físicas, monotonías agotadoras, crisis personales, propias y ajenas, miserias intelectuales, abandonos varios.

A él recurro como certidumbre clara y hermosa que me acompañó toda la vida y aún ahora, sin pedir nada a cambio; tan sólo el respeto  y la admiración a su historia, su belleza y su inmensidad eterna.

Tengo escrito por ahí que puede parecer extraña o ilusoria certidumbre, inusual, pero quizá bastante. Cuando todo se derrumba, todo se relativiza, todo se interpreta, la presencia sólida, bella, peligrosa, atemporal del viejo mar de nuestros héroes y civilización, también de nuestra fe –el que la tenga- y nuestro estómago, es faro preciso y salvador.

Es luz en la que refugiarnos las noches funestas, ese amigo que ofrece el abrazo despreocupado y sin interés, esa amante a la que no es necesario rendir cuentas, que nos recibe en su seno dándonos la vida.


 ¡Viejo mar, de nuevo ante ti, desnudo y confeso, me hallo!



Soledad

        Soledad. La calle solitaria acompaña mi vigilia húmeda de madrugada y deseo; te busco en todos los rostros te persigo en todos los c...