miércoles, 28 de enero de 2015

Hace 70 años...


En el año once,  en unas pequeñas vacaciones en tierra polaca –tierra amada, por la que siento una especial predilección que no sé explicar, ni lo intento-, visité el Horror, del que ahora se cumplen setenta años de su descubrimiento y liberación.
¡Setenta años!  Quizá parecen muchos, pero no lo son. Y conviene no olvidar; nunca. Más ahora que recorre la vieja y herida Europa un viento helado, pesado, como de otro tiempo, que alimenta fantasmas aterradores  y peligrosos.

A la vuelta del viaje, conmocionado, escribí esto, que ahora me permito reproducir, en homenaje a los muertos, en especial a los dos que codan el texto: en cumplimiento de su mandato al borde de la fosa común por uno; por el otro, rendido a su lucidez y verbo preclaro.


“Hay una foto colgada en la pared.

Grande, algo borrosa, pues es antigua y está aumentada para observarla mejor.

En blanco y negro.

El frío cala los huesos y el ánimo. En la foto también.

Un andén ferroviario. Famoso, en una vía muerta.

Del vagón, con las puertas abiertas, desciende la gente. Los rostros cansados, las miradas de desconcierto, el miedo. La incredulidad.

Es difícil aguantar la escena, aún hoy desde nuestro tiempo cómodo y amnésico.
El niño me mira, mientras a su lado la abuela, envuelta en ropajes y harapos, se afana en recoger la maleta de cartón y el hatillo de ropa, atrayendo a su ser a los pequeños que trae consigo.
Todo el andén es un revuelo de hombres y enseres, y se adivinan las órdenes y los gritos en el comienzo de la formación.
Dos filas ordenadas por los uniformes y las rayas.

Parece nevar, y el frío penetra en el alma desolada, como entonces.

Al fondo, tras el bosquecillo, se adivina una chimenea y el humo blanco.
Aquí, en el primer plano, el niño me mira preguntándome qué ocurre.

Una lágrima resbala en mi rostro, aterido de frío y horror.

Esa mirada me acompaña toda la vida, pues en ella veo la mirada limpia, inocente, trasparente, de mis hijas.

Y sigo sin saber que responder.

Coda.
Gente, no lo olvidéis; hablad de esto, gente; guardadlo todo”. Simón Dubnow, historiador judío de ochenta y un años. 7 de diciembre de 1941, camino del bosque de Rumbula, fosa común de los 30.000 judíos del gueto de Riga.
Verso de un poema de mi amigo Pedro Carlos Amador “Del crío humano que murió sin risa/ en Auschwitz. ¿Quién calcó el pertinaz grado/ de manera tan cruel y tan precisa?”

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