A mi hija, porque tuve padre.
Tu recuerdo ya no me deja vivir
hace mucho tiempo que nos dejaste,
pero la tristeza de los días sin ti
me embriaga y me conduce al desastre.
No entiendo porqué tuviste que marchar
dejandonos tan sólos y tan fríos
habiendo tantos caminos por andar.
¿no ves que sin ti estamos perdidos?
Padre, te quiero recordar
en la penumbra escondido
lanzando besos a mamá.
En el día encendido
de mil soles para alumbrar
aquellos juegos conmigo.
Y en la noche para esperar
de tus labios desprendido
un cuento que me haga soñar.
"Todas las historias e infundios sobre su pasado, acumulados hasta formar otro ser, siempre presente y,desde luego, mas entrañable que su propia, pálida y vana existencia hecha de náuseas y de sueños" Apendice, Un Bel Morir, Alvaro Mutis
sábado, 29 de noviembre de 2008
viernes, 28 de noviembre de 2008
HERMANAS, Josefina Aldecoa.
Breve novelita -tan solo escasas doscientas veinticinco páginas-, que no sólo merece dicho calificativo por su extensión sino también por el resultado conseguido, a falta de saber cuál fue la pretensión de la autora al ofrecernos este retrato, un poco ñoño, cursi y plano, de dos hermanas de la alta sociedad española de mitad del siglo pasado, y su deambular por sentimientos y vivencias, y que sólo al final, con una no del todo sorprendente conclusión, nos reconcilia algo, pero escasamente, con su lectura.Isabel y Ana son dos hermanas, separadas por escasos años, de la alta sociedad de una ciudad del norte de España. De padre inglés y madre española, son educadas sin más objetivo que convertirlas en un buen partido para un matrimonio de conveniencia, que perpetue las situación preponderante de su familia en la vida de la sociedad provinciana en la que se mueven, en un comienzo, los personajes de su familia. Tan sólo el distinto carácter de una y otra, y su distinta y radical visión del mundo y su papel en él, las llevara finalmente por caminos distintos, al enfrentarse , a la muerte del padre y ante la incapacidad de la madre para hacer frente a su nueva situación, caída en depresiones y adicciones, a tomar por fin las riendas de sus vidas. Y así mientras una se abre al mundo y se prepara para ser una mujer independiente y responsable, con estudios universitarios, alejada del ambiente opresivo y malsano en que se había convertido su vida, la otra, reproduciendo dicho ambiente en bucle incomprensible, reacciona proponiendo matrimonio a su primo Ignacio, el otro personaje de este ménage à trois de relaciones y sentimientos por el que nos lleva la novela. Este Ignacio, primo mayor de las hermanas, y que entra y sale de la acción primera de la novela como contrapunto al ambiente en el que se crían Isabel y Ana, estudiante primero y después diplomático, con destinos exóticos y viajado y leído, se convierte, a la muerte del padre y madre de las muchachas, en el único referente masculino de la familia, y, por no se sabe qué mecanismo intelectual, en su guardián y protector, hasta el punto inverosímil de aceptar el matrimonio de la menor, casi en el lecho de muerte de su tía y madre de las hermanas. Y, en este hecho del matrimonio de los primos, arranca la segunda parte de la novela, -algo más dinámica y que conduce al desenlace final- pues obviamente, las dos hermanas están "enamoradas", cada una a su manera, de este hombre, marcando el parentesco y dicho sentimiento, junto a la repetición del ambiente en el que se criaron la hermanas ahora en el matrimonio de los primos, la vida de los protagonistas.
Novela psicológica y pseudoromántica, poco creíble en cuanto a ciertas decisiones y aptitudes de los personajes- y no sólo de los principales, si no también de las comparsas de los mismos-, trazados sin demasiada profundidad, con arquetipos demasiado evidentes para sorprender al lector. Con un lenguaje sencillo, a veces un poco soso, se nos muestra un entramado que se pretende complejo de relaciones y emociones, con un final abierto, en el que "triunfan" los sentimientos de los personajes que la autora considera más maduros y de mayor altura moral, engañosamente identificados con los más cosmopolitas e instruidos, y que en cierto modo vicia un poco el final, al plantearnos una solución que se mueve entre la incredulidad y la incomprensión.
Puntuación en el Club de Lectura de la Biblioteca Pública del Puerto de Mazarrón: * sobre *****.
Puntuación personal: * sobre *****.
FICHA
TÍTULO: HERMANAS
AUTOR: Josefina Aldecoa
EDITORIAL: Alfagura
ISBN: 978-84-204-7424-3
PÁGINAS: 225
Otro estado de ánimo.
Tengo miedo que llegue el alba
porque sólo soy lo que soy en sueños
en la larga noche desvelada,
y no en el día al que siento muerto.
Tengo miedo que llegue el alba,
en la mañana ni soy ni siento.
¡Dejadme al menos buscar mi alma
en aquel mi mundo imperfecto!.
porque sólo soy lo que soy en sueños
en la larga noche desvelada,
y no en el día al que siento muerto.
Tengo miedo que llegue el alba,
en la mañana ni soy ni siento.
¡Dejadme al menos buscar mi alma
en aquel mi mundo imperfecto!.
Tragedia
Salió a la plaza
y miro el tendido.
¡Madre mía, qué miedo
tenía el chiquillo!.
Santiguadores brazos
el capote cogido,
suertes murmuradas
y el paseíllo.
Hombres áureos,
albero amarillo;
toreo de salón
espera enemigo.
Clarines y timbales
turban los sentidos,
oscuros chiqueros
muge el astifino.
Muerte cuadrúpeda
saludo sobrecogido;
verdad colosal, negra
y allá un suspiro.
Hercúleo duelo,
toreo ceñido;
verónicas gallardas,
pases esculpidos.
Bestia coronada
de puñales conocidos;
fiera la mirada
busca muerte y frío.
¡Qué baile torero!,
olés en el tendido,
grácil movimiento
¡pero no mira el niño!.
Capote de mariposa
engaño taurino;
ya el animal de muerte
te busca con sentido.
Testuz de pelo y sangre,
vida en un suspiro,
negro y rojo ya quiere
tu vida el enemigo.
¿Por qué miras ahora
la tragedia niño?
En la arena yace
tu padre chiquillo
y sobre él, los cuernos
de guadaña, mugidos
infinitos.
¿Por qué miras ahora
la tragedia niño?.
Si no quisiste mirar
la gloria del camino.
y miro el tendido.
¡Madre mía, qué miedo
tenía el chiquillo!.
Santiguadores brazos
el capote cogido,
suertes murmuradas
y el paseíllo.
Hombres áureos,
albero amarillo;
toreo de salón
espera enemigo.
Clarines y timbales
turban los sentidos,
oscuros chiqueros
muge el astifino.
Muerte cuadrúpeda
saludo sobrecogido;
verdad colosal, negra
y allá un suspiro.
Hercúleo duelo,
toreo ceñido;
verónicas gallardas,
pases esculpidos.
Bestia coronada
de puñales conocidos;
fiera la mirada
busca muerte y frío.
¡Qué baile torero!,
olés en el tendido,
grácil movimiento
¡pero no mira el niño!.
Capote de mariposa
engaño taurino;
ya el animal de muerte
te busca con sentido.
Testuz de pelo y sangre,
vida en un suspiro,
negro y rojo ya quiere
tu vida el enemigo.
¿Por qué miras ahora
la tragedia niño?
En la arena yace
tu padre chiquillo
y sobre él, los cuernos
de guadaña, mugidos
infinitos.
¿Por qué miras ahora
la tragedia niño?.
Si no quisiste mirar
la gloria del camino.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Cosas que pasan -in animus iocandi-
Ando estos días un tanto apesadumbrado. Esta conciencia mía me acaba de pasar factura. Y lo malo es que siempre lo hace a destiempo.
He recordado -algunas cosas no debieran serlo nunca; y otras no debieran dejar de serlo-, que hace unos años, siendo yo más mozo que ahora, con más pelo, más arrogancia y más sensatez -lo cual no dice mucho de mí hoy, pero ¡ qué le vamos a hacer!- ligué a una murcianica estando de vacaciones en la playa. Y ahora, repasando las leyes punitivas españolas, o sea el Código Penal, Edición Tecnos, he caído en la cuenta que tal vez fui, o soy, porque el delito no prescribe todavía, un vulgar delincuente.
Vamos a ver. Según el artículo cuatrocientos treinta y seis, aplicable al momento del hecho en cuestión "será castigado con la pena de multa de 100.000 a 1.000.000 de pesetas quien cometiere agresiones sexuales -sin acceso carnal, esto es, sin coito vaginal, anal o bucal, que de esta manera tan esclarecedora e ilustradora, describían nuestras leyes penales tan menesterosa cuestión, rompiendo incomprensiblemente con la clásica, antigua y enjundiosa de nuestro venerable derecho canónico: erectio membris virilis; penetratio in vagina; eiaculatio-, en las circunstancias de los artículos cuatrocientos treinta y cuatro y cuatrocientos treinta y cinco", describidores ambos de los delitos de estupro en sus diversa modalidades. Y estos preceptos dejan bien a las claras que quien tuviere acceso carnal, sin llegar a sus últimas consecuencias amatorias, con una mayor de doce años y menor de dieciséis, es un vulgar estuprador de menores.
Y aquí me asaltan las dudas, pues no recuerdo bien -para estas cosas siempre fui un poco olvidadizo, tal vez para no recordar el pecado y si a la pecadora-, si la panochica acababa de cumplir la salvadora edad de dieciséis o estaba a punto de hacerlo. Y claro, uno ya era más bien mozo de quintas. A esto me objetaran los jurisconsultos y jurisperitos que si la moza en cuestión consintió y no hubo prevalimiento de superioridad ni engaño, no hay que temer. Pero es que ellos, como yo, saben que nuestro ilustre Tribunal Supremo tiene declarado que uno de los motivos esenciales el engaño es la promesa de matrimonio. Y he de confensarlo. Lo hice. Mis dotes para el ligue, el donjuaneo y el posterior acoso y derribo no me permitían por aquel entonces -ni ahora, válgame Dios-, prescindir de tan socorrido recurso, sobre todo si la chica era un poco corta de edad y de entendederas. Y lo hice, yo confesé profesarle amor eterno, y le juré repetidas -y engañosas y viles, lo sé- veces que la llevaría al altar. Supongo que esto, unido a las dosis de vino de la tierra, el de Bullas o Jumilla tanto da, y el reflejo de la luna en el Mediterráneo nuestro hicieron el resto.
De todas formas, vienen en mi auxilio una serie nada desdeñables de circunstancias. Pudiera ser, es cierto, que la susodicha no hubiera cumplido los dieciséis, pero aseguro que era difícil adivinarlo. Esto, en un Tribunal de Justicia, podría alegarse como el famoso error invencible: la murcianica no podía tener la edad, pero desde luego la aparentaba. Ni el mismísimo Nicasio Pelades, desvirgador honorífico de vírgenes, hubiera podido pensar que allí teníamos una. Y qué decir de la experiencia. Aquí si hubiera sido embarazoso concurrir ante el Tribunal. Supongo que sus señorías se habrían despertado del sopor en que habitualmente presiden para atender a los relatos que la parte en mi representada -aunque como dice Carreras, el abogado que se defiende a sí mismo, tiene como abogado a un imbécil y como cliente a un idiota-, hubiera hecho con pelos y señales. Alguno se plantearía la posibilidad de modificar las leyes penales a la luz harto esclarecedora de mi situación. Hubiera sido curioso que mi caso entrara en los manuales del tenor "Caso Gaviero, célebre proceso que motivó en España la rebaja de la edad penal por las circunstancias que etc., etc. " Al menos hubiera pasado a la posteridad.
De todas maneras, esta conciencia mía no me deja. En normal, mira que si al final soy un delincuente. Aun con conciencia, eso sí. O sea.
Celos -in animus iocandi-
Una de las causas más importantes, sino la primera, de las desavenencias, disputas, peleas y aun rupturas de parejas -y aquí se incluyen únicamente como parejas las que Dios manda y el Código Civil exponía, esto es, las monógamas y heterosexuales, qué le vamos a hacer-,son los celos, bien motivados o consecuencia de la infidelidad o bien no motivados o consecuencia de la gilipollez. Parece claro que a uno le debe enojar y casi cabrear teniendo siempre cuidado con no parecerlo y justificar así la cornamenta, ver a su pareja de la mano de otra -esta expresión es claramente eufemística- y si ha sido capaz de reprimir el primer impulso asesino, lo aconsejable es actuar razonadamente y tratar de no dramatizar ni agudizar la situación, ya de por sí dramática y peliaguda, aunque lo agudo no sean los pelos precisamente. Porque si no se corre el riesgo evidente de no reaccionar adecuadamente, una veces por exceso y otras por defecto, e incluso suponiendo que se reaccione adecuadamente no hay que confundir el problema y crear otros accesorios: cierto que el responsable puede haber echado una canita al aire , pero no es menos cierto que se puede seguir enamorado loca y perdidamente de la supérstite al adulterio sin ninguna mengua ni resta de ese amor; al fin y al cabo todos somos débiles y pecadores, y que tire la piedra el libre de pecado.
Otra cosa sería compartir ese amor pretendidamente verdadero con varias, lo cual ya parece el colmo de la desfachatez y la arabización. Porque ese amor es uno, como lo es al amor fraterno, el amor de madre o el amor al perro; pero lo normal en estos casos es un devaneo más o menos fuerte y una refriega-combate sexual librado normalmente cual guerra relámpago y con altas dosis de improvisación y amateurismo. Y derivar de ello una ruptura matrimonial, de pareja o de familia parece tamaña insensatez. Claro que cada uno es como es, que no ha mucho, un amigo mio, D. Celestino Escamez Valenzuela, sorprendiendo a su mujer, muy santa y muy devota ella, en el lecho conyugal heredado de su tío abuelo D. Florencio Ezcamez y Trujillo, héroe de la guerra de Cuba, medalla al mérito militar y comendador de la Muy Santa y Muy Noble Cofradía de Combatientes de las Cruces Sagradas, con un marino americano que para más inri era de color -esto es, de color negro, afroamericano con corrección politica de hoy-, no tuvo más salida digna que pegarse un tiro con el máuser con el que su tío-abuelo Don Florencio combatió en la famosa batalla o escaramuza del Machaquito, así conocida porque en ella perdió la vida un capitán de regulares al que llamaban el Machaquito, después de dejar despenados, o sea, sin pena alguna, a no menos de cien insurrectos y rebeldes. Esto último no se ha podido comprobar en fuentes fidedignas, pero pudiera ser porque el Machaquito ponía mucha ansia y le llegaba la gana de muerte muy prontamente. La pécora de la ex de don Celestino acabó trasladandose a Oklahoma y hoy sobrevive vendiendo Biblias mormonas de casa en casa, en franco arrepentimiento.
Otro ejemplo de lo que estas cosas pueden llegar a suponer es lo ocurrido al virtuoso desvirgador honorífico de vírgenes Don Nicasio Pelades, tantas veces citado y conocido, del que algún día relataré sus aventuras y extravagancias, el cual, sorprendiendo a una de las muchas parejas que a lo largo de su dilatada vida amatoria tuvo, con otro negro en la cama, reaccionó metiéndose en ella y proponiendo una orgía a tres bandas con el foráneo. Claro que ante tamaña propuesta, el infiel todavía debe correr con tanta prisa como abandonó el lecho. ¡Ni tanto ni tan bravo, don Nicasio!. En el término medio está la virtud, tan difícil de conseguir.
Así pues, ante todo paciencia y respuesta adecuada. Lo que ocurre normalmente es que esa respuesta adecuada es un buen corte de mangas y un "adiós muy buenas". O sea, el término medio.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Algunos poemas físicos e insomnes.
Mujer perfecta
corto el pelo
breve el pecho
y nalga prieta.
Mujer hermosa
luz en los ojos
y no otra cosa.
Mujer dichosa
corazón lleno
noches gozosas.
Si con vos, daños caña
y sin vos, qué patraña,
¡mujeres, cuán extrañas!.
2. Soñaré contigo todas las noches
y viviré con tu feliz recuerdo,
aunque sean despiertas e insomnes
que si no, ¡Dios mio!, acaso muero.
Esperaré soñandome a tu lado;
la locura me vence por momentos
noches de vigilia, los soñolientos
días; pero siempre esperanzado.
Recordaré tu imagen dentro de mí
imaginaré juntados los cuerpos
enlazadas las almas sin ardid,
amándonos vencedores del sueño.
3.Amor de cristal y noche
insomne, desgarrado
amor sincero sin reproche
¡yo, tu fugaz amado!.
4.Que hermosa es la noche
que en tí se hace mañana
y balancea en mi alma
sonrisas sin reproche.
¿Por qué el trinar del alba
rompió el encanto?. Sueño
aún tus rizos amada
perdiendome en tu fuego.
¡Qué colores los del alba
reflejos de tu cara!.
¡Acabar la noche en tí,
esperando concebir!.
5.Si yo te quiero
a quien importa.
Tan sólo espero
tenderte dentro
de las amapolas.
6.Yo a diferencia de Neruda
no soy ningún poeta;
acaso alguien que sin ayuda,
ayunta escasas letras.
Que en el silencio escucha
entre rimas y poemas
voces de gentes muertas.
Que en el mar contempla
asido al mástil de cuerda
blancos navíos de guerra.
¡Y que en el alba sueña
trinos, nubes
y sonrisas de doncellas!.
corto el pelo
breve el pecho
y nalga prieta.
Mujer hermosa
luz en los ojos
y no otra cosa.
Mujer dichosa
corazón lleno
noches gozosas.
Si con vos, daños caña
y sin vos, qué patraña,
¡mujeres, cuán extrañas!.
2. Soñaré contigo todas las noches
y viviré con tu feliz recuerdo,
aunque sean despiertas e insomnes
que si no, ¡Dios mio!, acaso muero.
Esperaré soñandome a tu lado;
la locura me vence por momentos
noches de vigilia, los soñolientos
días; pero siempre esperanzado.
Recordaré tu imagen dentro de mí
imaginaré juntados los cuerpos
enlazadas las almas sin ardid,
amándonos vencedores del sueño.
3.Amor de cristal y noche
insomne, desgarrado
amor sincero sin reproche
¡yo, tu fugaz amado!.
4.Que hermosa es la noche
que en tí se hace mañana
y balancea en mi alma
sonrisas sin reproche.
¿Por qué el trinar del alba
rompió el encanto?. Sueño
aún tus rizos amada
perdiendome en tu fuego.
¡Qué colores los del alba
reflejos de tu cara!.
¡Acabar la noche en tí,
esperando concebir!.
5.Si yo te quiero
a quien importa.
Tan sólo espero
tenderte dentro
de las amapolas.
6.Yo a diferencia de Neruda
no soy ningún poeta;
acaso alguien que sin ayuda,
ayunta escasas letras.
Que en el silencio escucha
entre rimas y poemas
voces de gentes muertas.
Que en el mar contempla
asido al mástil de cuerda
blancos navíos de guerra.
¡Y que en el alba sueña
trinos, nubes
y sonrisas de doncellas!.
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